ANTONIO G. GONZÁLEZ
Dicho ahora parece más una batallita, quizás divertida, con intriga, pero básicamente poco creíble. Sin embargo, no lo fue. Canarias estuvo realmente a punto de ser ocupada por la Alemania nazi e invadida por los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial. El motivo: como siempre, su situación geoestratégica, en esta ocasión, en relación con la llamada Batalla del Atlántico, la guerra naval y submarina librada en un escenario decisivo. Se trataba, no en vano, de la gran ruta para tropas y material bélico norteamericano hacia Europa y norte de África y, por lo tanto, de un tráfico que determinaría, como siempre recalcó Winston Churchill, el curso de la contienda.
En lo que constituye una compulsión a la repetición histórica, unas Islas que apenas son un puñado imperceptible de puntos en el mapa, se vieron nuevamente mecidas por las olas de la historia internacional en aquella ocasión muy a su pesar y, por lo demás, con un margen marginal para decidir. Muñecos con hilos. Resta señalar que, de haberse producido, lo que finalmente constituyó un papel secundario en la confrontación atlántica -el Puerto de La Luz fue base de suministros para submarinos alemanes entre 1941 y 1943- se habría vuelto inevitablemente central, colocando a las Islas directamente en el escenario bélico con consecuencias, es fácil imaginarlo, desastrosas, trágicas, para la sociedad insular. Resumiéndolo brutalmente, meses después de la invasión alemana de Polonia, acontecimiento que se considera el inicio de la Mundial Guerra Mundial y del que ahora se conmemora el setenta aniversario, Gran Canaria y, en particular, el Puerto de La Luz, cobró especial relieve dentro de los llamados acuerdos secretos entre Adolf Hitler y Francisco Franco.
En 1940 la Guerra de África se había recrudecido, intensificándose, por consiguiente, la feroz pugna submarina en el Atlántico Medio Oriental. Para rematarlo, el Tercer Reich comenzaba a albergar seriamente la idea de un gran imperio colonial en África Central como fuente de materias primas y minerales, y buscaba por ello punto de apoyo alternativos a Gibraltar, cuya invasión no acababa de ver, pues al efecto necesitaba a España y el pésimo estado de ésta tras la Guerra Civil disuadía a los nazis. Total, un traje a la medida de Canarias, que nada tardó en entrar en el punto de mira de Berlín. Bajo el código 'Felix' los alemanes diseñaron una ocupación para dispersar y forzar la retirada de tropas navales angloamericanas en esta parte del Atlántico. A ello Churchill respondió ordenando el diseño de otro operativo de invasión de las Islas, registrado bajo el código 'Pilgrim', que debía activarse, sí o sí, en el supuesto de que los alemanes finalmente tomasen Gibraltar. En este escenario, Franco accedió de entrada a que La Luz encabezara secretamente la lista de puertos españoles -junto con Ferrol, Vigo y Cádiz- que suministrarían a los submarinos alemanes. Fue la llamada Operación Moro. En respuesta, y desarrollando al detalle las órdenes de Churchill sobre las Islas, una Operación Puma fue aprobada por el Mando Aliado meses después.
Con todo, y porque en 1943 el curso de la guerra de África cambió a favor de los Aliados la cosa no pasaría de ahí. Es más, éstos de hecho pudieron limitarse a advertir seriamente, y con éxito, a Franco, que cortó los suministros portuarios a los alemanes poco después, justamente cuando la derrota alemana en el frente ruso señalaba el comienzo del fin del Tercer Reich. De modo que la ruleta rusa de la historia hizo que el tambor rodara esa vez a favor de las Islas. Lo curioso, de otro lado, es que estos hechos, que el percutor de la Segunda Guerra Mundial no se encontrase con la bala en Canarias, se vivieron de un modo relativo, por no decir, completamente difuso por una sociedad insular básicamente desinformada, que a duras penas oía o imaginaba algunas cosas.
Por entonces Canarias trataba de salir de la miseria de la posguerra española aunque sus suministros básicos estaban en una situación ligeramente mejor que la del resto de España y, sobre todo, la Guerra Civil no había destruido sus ciudades y pueblos. El Gobierno estableció el Mando Económico en las Islas, militarizando una economía cuyo poder de acumulación monopolizaba la agricultura de exportación y los mercados europeos. Y la burguesía insular, económicamente en el área de la esterlina por sus capitales relaciones con Inglaterra, que se mantuvo siempre abierta al plátano y al tomate isleños a pesar del régimen de Franco, vivía en una contradicción insalvable, se hallaba cogida: su corazón estaba de lado del franquismo pero su bolsillo, del lado de Londres.