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Barcelona 1859

No es el Urbanismo un saber autónomo; muy al contrario, comparte innumerables elementos con otras ciencias y técnicas

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Barcelona 1859
Barcelona 1859 

JOAQUÍN CASARIEGO En las fechas que se aproximan, la discusión sobre los temas de Urbanismo, van, o deberían de ir, en la línea de los planes generales. Si nos atenemos a los trabajos que se están rematando en una y otra capital insular, Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife, ésa sería una conclusión lógica, después de las reiteradas (casi agotadoras) llamadas a la participación, con que, en uno y otro contexto, hemos sido bombardeados en el último par de años. Vamos a ver.

El interés de éste, y otros sucesivos trabajos, van en esa dirección. Como en aquella serie titulada "El Urbanismo ante los desafíos de la globalización", publicada en LA PROVINCIA durante los primeros meses del pasado año, exponer algunos de los temas que han contribuido a la construcción de esta disciplina, es también una forma de participar.

Como allí se expuso con insistencia, no es éste, el Urbanismo, un saber autónomo, muy al contrario, comparte innumerables solapes con otras ciencias y técnicas, y como muchas de ellas, fue emergiendo por una mezcla de reflexión y necesidad, de ambición y oportunidad, de idealismo, así como de cierta dosis de filantropía. Aún con esto, los mayores esfuerzos y los avances más significativos en términos de su consideración y fortalecimiento, se dieron durante la elaboración, discusión y puesta en práctica de los planes generales.

No podía ser de otra manera, para una disciplina (Urbanismo) cuya finalidad última es el estudio y el proyecto de las ciudades. En los últimos cien años, el plan general, en su doble vertiente, municipal y metropolitano, ha centrado la atención de políticos, asociaciones cívicas, líderes vecinales, propietarios del suelo, promotores inmobiliarios, constructores, urbanistas, arquitectos, ingenieros, geógrafos, economistas, sociólogos, medioambientalistas, arqueólogos,..., ¿Existe algún otro documento público que de forma periódica y sistemática congregue a un segmento más amplio de población?

Pues bien, los planes generales, como hemos señalado, tienen una historia muy corta. Fueron puestos en marcha durante las primeras décadas del pasado siglo, y se empezaron a pergeñar seriamente durante la segunda mitad del XIX. Alemanes, ingleses, americanos y franceses, fueron los que más aportaron; claro está, también eran los que más sufrían las consecuencias de unas metrópolis cada vez más extensas, congestionadas e insalubres. Fue, sin embargo, un ingeniero español (más exactamente, catalán) don Ildefonso Cerdá, quién puso probablemente más seso en el tratamiento científico de la materia. No sólo en su aplicación práctica (el Plan de Barcelona de 1859), sino en su concepción teórica (Teoría General de la Urbanización). Y esto en el contexto de una España progresivamente arruinada por la pérdida de las colonias y enfrentada a las reivindicaciones laborales y segregacionistas de Cataluña.

El Plan para Barcelona de 1859, conocido popularmente como el Plan Cerdá, fue, junto a las "operaciones" (no podríamos llamarlo "Plan") para París llevadas a cabo por Napoleón III y su gestor, el Barón Haussmann, el documento más completo y probablemente, el antecedente urbanístico más significativo de los elaborados durante el siglo XIX. El desmenuzamiento y profundización de los temas que en el Plan se tratan y la justificación técnica y económica de cada uno de ellos, son mucho más propios de los planes elaborados varias décadas después, lo que demuestra cuánto Cerdá se adelantó en el desarrollo de la disciplina y cuán útil fue su Plan como instrumento para la transformación y modernización de Barcelona.

El plano base contiene muchas de las ambiciones y afirmaciones del período moderno, y no extrañan, por tanto, las extraordinarias dimensiones de la propuesta, reproduciendo varias veces el tamaño de la ciudad de entonces y subordinando el tejido existente al modelo expansivo y reticular de la "ciudad del futuro": un modelo permeable, compacto e igualitario. Las comunicaciones, el paradigma de las revoluciones urbanas de la época, fueron el centro de atención de Cerdá para el Plan de Barcelona, y no hay mas que observar la configuración actual de la ciudad, para confirmar cuánto la trama de "l´eixample" (el ensanche), como desde entonces se conoce la zona, responde, ciento cincuenta años después, a las previsiones del sistema de movilidad ideado por el urbanista catalán.

Pero Cerdá no quería proyectar un ensanche, es decir, no quería añadir un nuevo pedazo a la ciudad existente, como se hubiera hecho ahora. Cerdá quería una nueva Barcelona. Deseaba incorporar la ciudad al circuito de las urbes europeas, que en ese momento transformaban y monumentalizaban sus tejidos, y eso suponía barrer cualquier vestigio medieval, comenzando por las murallas, e imponer un nuevo sistema. Suponía superar los efectos negativos de aquellos tejidos laberínticos, cerrados e insanos, y extender el espacio hacia el exterior para garantizar el desarrollo del modelo. Una ciudad horizontal, abierta y accesible desde cualquiera de sus puntos, con profusión de espacios ajardinados de todos los tamaños, condicionados sólo por la eficacia de la trama. Las avenidas, las calles y los paseos, debían facilitar el movimiento superficial de personas y mercancías, como máxima garantía de funcionamiento de la totalidad del sistema.

Las "manzanas", es decir, los espacios entre las calles donde habría de ubicarse la residencia, no fueron ideadas, sin embargo, tan densas como al final terminarían siendo. Aquella superficie cuadrada y achaflanada en sus vértices, que tanto ha representado y reputado al ensanche barcelonés, se proponía, en los más de los casos, sólo edificables en dos de sus cuatro lados, lo que permitía la formación de espacios libres y públicos de diversa forma y tamaño. Depende de cómo se dispusiera la edificación sobre la superficie de las manzanas, y cómo se enfrentaran éstas, podían surgir pequeños huertos, plazas ajardinadas o auténticos parques urbanos. La extraordinaria generación de arquitectos que coincidió con el desarrollo del Plan (Antonio Gaudí, Luis Doménech, Josep Puig i Cadafalch, Josep María Jujol, etc.) y, aún a pesar del incremento de la densidad, la disciplinada organización de la escenografía urbana del "ensanche", dio como resultado ese espacio homogéneo, compacto y diverso que lo caracteriza y la percepción de estar en el interior de una gran ciudad.

La potencia y la calidad urbana del "ensanche" barcelonés, es, por tanto, no sólo producto de la genialidad del urbanista, un hombre excepcional, que supo adelantarse a su tiempo y conectar el instrumento técnico con las necesidades y las ambiciones de la sociedad catalana. Es también debida a la capacidad de adaptación del modelo a los diversos roles que aquella parte de la ciudad ha jugado durante su desarrollo: no puede olvidarse que lo que en su momento fue la periferia residencial donde habría de instalarse la clase emergente, es decir, la burguesía industrial más floreciente del estado, es ahora el centro de una metrópoli de varios millones de habitantes. El "ensanche" es hoy en día el motor de Barcelona, allí donde se sitúan las funciones económicas y financieras más potentes, los símbolos e iconos urbanos que con más fuerza la identifican, así como los atractivos turísticos que hacen de ella la ciudad más visitada de España.

El plan general, el documento que ahora nos toca examinar, criticar y en su caso, denunciar aquí, jugó entonces su papel allá. Sirvió como marco para definir las voluntades y las ilusiones de un pueblo. Estableció las reglas del juego y los límites de actuación de cada uno de los jugadores. Valoró, con el paso del tiempo, los cambios y las mejoras urbanas que no significaran una alteración sustancial del modelo. Permitió la innovación, la adaptación, incluso la ruptura puntual, con tal de conservar la esencia estructural el proyecto. Dio cabida a los entusiasmos pasajeros que se producen en la arquitectura, el diseño, y en general, lo que se conoce como el "arte urbano". Y en periodos muy críticos, asumió, qué remedio, algún que otro exceso, que finalmente todos tuvieron que compensar.

Porque ¿qué otra cosa es, si no, un plan general?

JOAQUÍN CASARIEGO ES ARQUITECTO Y CATEDRÁTICO DE URBANISMO DE LA ULPGC.

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