GREGORIO CABRERA
Dice que va a a hacer un testamento para que sus cenizas sean esparcidas en Cofete. Tras él se recortan las siluetas improbables de las montañas que le vieron crecer. Son las guardianas de uno de los últimos paraísos de Canarias. Hay que enfrentarse a ellas antes de alcanzarlo y poner los pies en esta difusa frontera entre realidad y sueño. Francisco Pérez Saavedra nació aquí, en este condado del reino de la luz. "Si los pasos que he dado en Cofete me los pagaran a un céntimo tendría muchos, pero muchos...". Hasta los sargos le echaron de menos esa mañana. La barca de Pepe el Marino se quedó en tierra el pasado viernes. Algo serio debe suceder, rumoreó la brisa del mar, silbando entre las lavas retorcidas de Isla Lobos. El yerno de Antoñito, farero del islote durante treinta y siete años, pensó que las viejas y las salemas podían aguardar. Ese día se iba a escribir una página dorada y por eso permanecía sobre la arena húmeda del Puertito la barquilla del pescador, varada y extrañada.
A vista de pájaro, Lobos se asemeja a un delfín a la deriva, aparentemente herido. Al socaire de la historia es un emblema de la supervivencia, de hombres que encendían fogatas para avisar a las gentes de Corralejo, al norte de Fuerteventura, de que alguien necesitaba urgentemente un médico. La Reina de España, Doña Sofía, pisaría en horas sobre este grito de piedra atlántico, al confín sur de la nación, una visita que incluía una escala posterior en Cofete, donde un día lejano se mezclarán con el paisaje las cenizas de Francisco, para que siga vagando por siempre por el estremecedor paisaje de su vida. "Cuiden este paraíso", dejó dicho la monarca. El tiempo dirá si las palabras de la Reina se posaron sobre las conciencias y permanecen en ellas o volaron hacia alta mar, como las pardelas tras criar a sus pollos.
Hay palabras que resisten a los temporales, como las que dejan escritas en la memoria universal los poetas. Josefina Plá, poetisa uruguaya nacida en Lobos en 1903 cuando su padre fue destinado al faro, reconoció en su poema Imposible (1939) sus dificultades para "vaciarse de paisajes y olvidar caminos". Tampoco a la Reina, según se deduce de la fascinación que le produjeron tanto el islote como el Cofete, podrá desprenderse fácilmente de la magia luminosa que transmiten estos dos parajes, esculpidos en el tiempo y nacidos para habitar por siempre en el recuerdo. Se demuestra aquí que la luz es infinita, tanto como su capacidad para crear transparencias y reflejos inauditos en connivencia con el océano, las nubes y la arena. Aquí la luz gobierna, manda, juega, se permite un millón de caprichos del amanecer al atardecer, pinta, modela, ilumina a los hombres y a veces las ciega, a su antojo. En ocasiones se la descubre acariciando a un peñón con dedos temblorosos y anaranjados. También queda en evidencia que la belleza, si la dejan, también puede no tener principio ni final. ¿Será verdad que un paraíso encontrado es un paraíso perdido? Quizás no siempre.
NACER ETERNO. Cuando tu futuro es nacer y enfrentarte de inmediato a la inmensidad resulta inevitable asomarse al mundo con un gesto antiguo, resignado e inmutable. Nada salvo el tamaño distingue el rostro de una tortuga boba (caretta caretta) de un ejemplar de ochenta años. Las crías nacidas en Cofete dentro del programa para la reintroducción de la especie con huevos traídos de la isla de Boavista (Cabo Verde) poseen un rictus eterno. Coincidiendo con la visita de Su Majestad se procedió a la suelta de 22 de ellas, casi todas de un año de edad, incluida Sofía, bautizada así en honor a la Reina y su nieta. Ahora, en este preciso momento, puede dejarse arrastrar por las corrientes rumbo a las Azores, aunque dentro de un año el localizador puede avisar de su presencia en la costa de América. Durante más de diez años vagará por el Atlántico Norte, devorando medusas. Si todo resulta según lo deseado, regresará para entonces a Cofete. Esta odisea oceánica arrancó con el empujoncito definitivo de Doña Sofía.
Pero el único espaldarazo de la Reina en Fuerteventura no fue el de la citada tortuga boba. Declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco este mismo año, la isla persigue ahora el sueño de que el Gobierno central apruebe la creación del Parque Nacional de Zonas Áridas. El espacio sería un titán de 44.000 hectáreas que serpentearía por la costa de Barlovento. Una parte de esta columna vertebral la constituirían los parques naturales de las Dunas de Corralejo y Jandía. El proyecto no es ninguna entelequia. Un total de once equipos de investigadores, expertos en diferentes áreas científicas, trabajan en la elaboración de los estudios de campo previos para elaborar el Plan de Ordenación de Recursos. La dirección de la tarea está en manos del catedrático de Ecología de la Universidad Complutense de Madrid, Francisco Díaz Pineda, presidente de la organización WWF Adena y Premio Nacional de Medio Ambiente. "Se está trabajando bien", resumió a pie de la playa del Cofete el secretario de Estado de Medio Rural y Agua, Josep Puxeu. Si no se tuerce el rumbo, es probable que la tortuga Sofía y sus compañeras regresen algún día al corazón de un nuevo parque nacional. Traerán grabadas las profundidades en su mirada cansada y vieja.
LAS GAVIOTAS. No resulta tarea fácil trastocar el ritmo de los acontecimientos en lugares como Lobos o Cofete, donde ya de por sí el tiempo está ralentizado. Pepe el Marino ha vuelto a pescar, a la captura de viejas con cuyas escamas de esmeralda, oro bruñido y plata vieja se distraerá la luz una vez salgan a la superficie. El ruido de los helicópteros ya no altera a las cabras en los barrancos de Cofete. Amanece, atardece y anochece en el reino de lo infinito, en un paraíso tan frágil y cercano que obliga a recordar que no es un espejismo. Nada ha cambiado, salvo que un mensaje acompaña el vuelo de las gaviotas: "Cuiden este paraíso..."