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JOAQUÍN CASARIEGO (*) La década de los sesenta del pasado siglo representó el principio del fin del gran proyecto moderno, del cual París era uno de sus máximos exponentes. París, donde durante décadas innumerables ciudades se habían estado mirando y el modelo que habrían querido reproducir, disfrutaba entonces de uno de sus mejores momentos. Y no sólo por la espectacularidad de su estructura urbana y la riqueza de su espacio interior, que era evidente, sino como la más genuina y actualizada expresión de todo aquello que aludía a la política, el arte, la filosofía, etc.
En el campo específico del Urbanismo, Francia se había situado en la cúspide del debate disciplinar, seleccionando lo mejor de cada una de las corrientes que alemanes, ingleses y americanos habían desarrollado durante la primera mitad del siglo, impulsando y afrontando las propuestas más atrevidas e innovadoras. Definitivamente, los franceses habían recuperado la delantera y toda Francia se encontraba en un proceso de transformación urbanística sin precedentes.
No era éste un proceso independiente del que sufrían el resto de las ramas de actividad, en aquel país. Aunque el periodo posbélico y sus consecuencias económicas y sicológicas, también habían sido superadas por el resto de las democracias centroeuropeas, Francia se mostraba como la comunidad más capacitada para afrontarlo: era la que más población sumaba y la que, en términos económicos, más, y más rápido crecía. De entre las democracias occidentales, sólo Japón registraba cifras que podían competir con los franceses. Una coyuntura que éstos aprovechaban para integrar la ingente cantidad de inmigrantes provenientes del proceso descolonizador que Francia había sufrido, sobre todo a partir de la emancipación de Argelia, que a principios de los sesenta acababa de darse por terminada. Un fenómeno de carácter y repercusión nacional, que afectaba a todas las ciudades francesas por igual. Pero París, era París.
La capital de la nación no era la que más sufría las consecuencias del crecimiento poblacional, que realmente estaba bastante repartido entre las demás regiones, pero sí era la que, por su carácter simbólico y representativo, más alarmas suscitaba, y por tanto, la que con más argumentos había que defender. Consciente de las repercusiones negativas de aquel aluvión sobrevenido, particularmente en sus manifestaciones suburbanas, pero sobre todo por su presión en el centro histórico de la ciudad (su activo turístico mas valioso), el general
De Gaulle, entonces en la cúspide de su prestigio exterior e interior como gobernante, le encargó a Paul Delouvrier, un antiguo gestor de la descolonización argelina, la creación de un nuevo departamento gubernamental con la finalidad exclusiva de elaborar un nuevo plan general para la ciudad. Un plan desarrollado desde la administración del estado que será definido como el "Esquema Director de Acondicionamiento y Urbanismo de la Región de París" (SDAURP).
El Plan, cuya calidad técnica sólo podía ser comparada con el Gran Londres de 1944 o el de Estocolmo de 1952, era presentado por Delouvrier en 1965, y aunque la "descentralización" del crecimiento seguía situándose entre sus objetivos fundamentales, como lo había sido también en aquellos dos planes elaborados previamente, tanto las técnicas de análisis, como las formas de llevarla a cabo, eran sensiblemente diferentes. Los urbanistas franceses responsables del desarrollo del Plan, habían confiado más en las "estrategias" ensayadas en el urbanismo norteamericano, muchas de cuyas consecuencias son hoy reconocibles en la estructura urbana de la capital francesa.
Contra las tesis de los ingleses, que planteaban la "descentralización" a partir de la construcción de "nuevas ciudades" (new towns) situadas en la última corona de la región metropolitana y absolutamente autónomas y desvinculadas del centro (en aquel caso, de Londres), los franceses las situaban dentro de la estructura regional, como una prolongación de aquella. Las villes nouvelles, de población mucho mayor que sus homólogas inglesas (200.000 - 300.000 habitantes), tenían la misma vocación de autosuficiencia, pero sus centros se encontraban conectados con la red principal que, además de carreteras, incluía la construcción de nuevas líneas de tren (RER). En resumen, las villes nouvelles se comportaban más como "subcentros" del área metropolitana de París, que como ciudades satélite.
Así como el modelo británico se había basado en una serie de coronas sucesivas con origen en Londres, el Plan de París se apoyaba en un modelo "estrellado" con la capital como centro y las villes nouvelles situadas en las "extensiones" de la estrella. La única vía de circunvalación que se mantenía como propuesta, era la que rodeaba al viejo centro (La Péripherique), una autovía de gran potencia, entonces en construcción, que segregaba el centro del resto del tejido y que venía heredada de políticas urbanísticas anteriores. Las "extensiones" que, como las "coronas" para los londinenses, eran la base de la "estrategia" urbanística parisina, se situaban en el entorno del bucle que el Sena formaba a su paso por la ciudad y es allí donde deberían engancharse los nuevos nodos que iban a permitir el futuro desarrollo. Nodos que incluían no sólo los grandes enlaces viarios y las estaciones principales de transporte, sino todos aquellos servicios generales que habilitaban a las villes nouvelles para funcionar como auténticos "subcentros".
Con todo, la mayor novedad del Plan, y el sesgo más representativo en relación con el urbanismo practicado en Norteamérica, fueron las operaciones de reforma interior propuestas con la finalidad de impulsar otras modalidades más potentes de centro. Y aunque esa política continuó desarrollándose en las décadas posteriores, dos ejemplos de extraordinaria importancia pueden señalarse como prototípicos del periodo correspondiente a la presidencia de De Gaulle: el barrio de La Defense y la operación de Les Halles.
Dos actuaciones puntuales, que además de eliminar parte del tejido existente para incluir nuevas funciones, proponían el desarrollo de importantes conexiones viarias y enlaces con el transporte público. Probablemente el primer antecedente europeo de lo que más tarde llamaremos "nuevas centralidades".
El barrio de La Defense, era, en definitiva, una traducción a la europea de las fórmulas norteamericanas utilizadas para desarrollar las áreas financieras y de gestión. En una superficie de 415 hectáreas situadas sobre la Péripherique, donde el borde del centro histórico se encuentra con la prolongación de Los Campos Elíseos, se proponía un área de estructura totalmente ajena a lo que ocurría a su alrededor. Nuevos edificios singulares de gran altura y aspecto corporativo, se alzarían en el entorno de una gran plataforma libre, bajo la cual un enjambre de redes de diferentes tipos de transporte competía por encontrar un lugar donde conectar con el exterior.
Un perfil que transformaba totalmente la imagen tradicional de París y que avanzaba el nuevo papel que aquella capital (y aquel país) de la diplomacia y la cultura, quería jugar, que no era otro que su participación entre las ciudades más saneadas y competitivas del mundo desarrollado.
Les Halles, en la misma línea que la anterior, también se proponía como un nuevo nodo de transporte, pero en este caso, mediante la sustitución del antiguo mercado por un nuevo centro comercial y una zona libre pública. La operación, que también pretendía impulsar el proceso de rehabilitación de la zona, entonces sensiblemente degradada, tuvo un resultado dudoso, y de hecho, nuevas propuestas de cambio están siendo ahora valoradas.
Pero lo más importante del Plan de París es que, como decíamos, supuso el final de una etapa, fue su capacidad de cierre y de puesta en valor de bastantes de los avances forjados en los planes anteriores. Avances que pudieron ponerse a prueba por el propósito de transformación real con que aquel había sido concebido. No hay que olvidar que las autovías programadas, con leves cambios, se llevaron a cabo y las extensiones del RER se comenzaron a los pocos años de la entrada en vigor del Plan, que fue en 1971. Y aunque sus resultados no fueran equivalentes respecto a los objetivos planteados en el origen, todas las villes nouvelles, sin excepción, es decir, Marne la Vallée, Mellun-Sénart, Cergy-Pontoise, Evry y Saint-Quentin-en-Yvelines, fueron desarrolladas con arreglo a las previsiones del Plan y forman ya parte indisoluble de la estructura urbana de la región.
Lo que en París ocurrió en 1968, el año en que el general De Gaulle fue sustituido por Pompidou, forma ya parte, no de la historia de la ciudad, sino de la cultura universal, pero habría que plantearse cuánto de aquello no fue sino el canto del cisne de uno de los periodos más brillantes y fecundos que han gozado los franceses.
(*) Joaquín Casariego: es arquitecto y Catedrático de Urbanismo en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
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