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ANTONIO G. GONZÁLEZ Va a más. Y encima si los bandidos cobran...". Elena Valenciano, portavoz de Relaciones Exteriores del PSOE, expresa de esta manera algo en lo que, por otra parte coincide plenamente su homólogo en el PP, Gustavo de Arístegui. La llamada industria del secuestro de ciudadanos occidentales en El Sahel, esa franja amplísima de países subsaharianos muy pobres que hace de frontera entre el Magreb y el África negra, que va de Mauritania hasta Eritrea y que ha sido además un nido histórico de contrabando y bandidaje en sus regiones más aisladas, no ha hecho probablemente más que comenzar. Y España, al igual que otros países europeos, se halla actualmente estableciendo mecanismos para, en el nivel más urgente, poder gestionar la liberación de las personas como, sin ir más lejos, los cooperantes catalanes capturados ahora en Mauritania, negociar rescates... Y en otros niveles contribuir a mejorar las condiciones de esos países para evitar que sean caldo de cultivo de lo indeseable.
A España le ha tocado, además, por partida doble. En el Este, aunque algo por debajo del Sahel, en las costas de Somalia, hace nada el secuestro del atunero Alakrana por una de las bandas de piratas marinos. Ahora, en el este de Mauritania, uno de los platos favoritos de los grupos integristas islámicos que penetran cada vez más en este área en el que no tenían antes antecedentes de ningún tipo: los cooperantes europeos, vistos además como una avanzadilla del dominio de Satán. Algo salta a la vista: la violencia, siempre presente en todo el sustrato de la miseria africana, cobra enteros contra todo lo extranjero ahora en su dimensión más primaria. Y el Sahel se está volviendo intransitable. Igualmente Valenciano y Arístegui coinciden -en esto el consenso es básico en toda Europa- en el elemento añadido de vulnerabilidad que esta zona representa para España y el resto de la UE, respecto de la lejana Afganistán, por ejemplo, en todas las dimensiones del problema, pero sobre todo inmigración ilegal y seguridad.
VIEJO TURISMO. No tan lejos queda, sin embargo, la etapa del turismo de aventuras y cultural, particularmente francés y alemán, a ciudades míticas y de belleza inenarrable, como Tombuctú (Malí), como a otros joyas urbanas y naturales de las míticas rutas de las caravanas africanas del oro, para luego hacer la bajada del Río Níger, en la estela de los exploradores europeos del siglo XIX. De aquel floreciente negocio, una oferta creciente en las agencias de viajes occidentales, origen además de una perspectiva creciente de ingresos para estos países apenas en los años ochenta, no queda nada. Nada desde que Argelia (cuya frontera sur es ya el Sahel) quedó sumida en un baño de sangre en los años noventa a cuenta del auge del integrismo islámico radical, el tristemente famoso GIA, cuya versión política, por lo demás ganó las elecciones en 1991, aunque un golpe de Estado le impidió tocar poder. Y el desplazamiento hacia las zonas más aisladas de Mauritania, Malí, Níger, Burkina y Chad, en particular, de los islamistas perseguidos en Argelia y Marruecos, dos países con un creciente control militar de sus territorios, fue factor muy relevante en el deterioro del Sahel y su progresiva conversión, en términos coincidentes de Elena Valenciano y Gustavo de Arístegui de nuevo, en un inquietante "agujero negro".
"Era sólo cuestión de tiempo que el Sahel albergara campamentos terroristas en un número ya de varios por país. Y que Al Qaeda crease una red propia más allá de la franquicia de operaciones en África", subraya Arístegui. "Y francamente haber ignorado esta realidad ha sido de una enorme irresponsabilidad".
Con todo, respecto al grado de penetración preciso de Al Qaeda, Arístegui señala que "obviamente no tienen el control total del Sahel, porque no tienen carros de combate ni un ejército, pero es tan vasto el Sahel que los terroristas entran, salen y, de hecho, viven en aldeas del territorio".
Sin embargo, a este respecto, la infiltración terrorista, existen dos grandes versiones contrapuestas. Una, la del discurso occidental, que Europa matiza pero que Estados Unidos aún infla más en cuanto a la gravedad de la situación, señalando directamente que El Sahel se está convirtiendo en un nuevo Afganistán. Hasta el punto de que Washington ha creado ya un cuerpo de ejército para África (Africom), cuyo despliegue todavía pendiente ahora está en entredicho por los recelos de los gobiernos africanos a albergar nuevas bases militares y a perder el control, que desean tener los más capaces, de la lucha antiterrorista.
La otra versión, contraria, es la que mantienen los movimientos altermundialistas y que, en suma, vienen a decir, que, al igual que sucediera en Irak, la presencia terrorista invocada, más allá de hechos coyunturales propios de toda región del mundo pobre, es falsa y responde a una estrategia de penetración militar de EEUU en África. Y que lo que hay es una en marcha es nueva Guerra Fría, con China en la carrera por los recursos naturales de este continente.
Seguramente las cosas sean más complejas y no excluyan razones de ambas partes. Aún dando por hecho lo "alarmante", a su juicio, de la radicalización saheliana, Valenciano sostiene que "ambas posiciones adolecen de un cierto simplismo". Lo cierto es que, sea como fuere la dosis de los ingredientes del cóctel, el Sahel es ciertamente hoy una preocupante geometría variable de peligros, la tierra de nadie en sus zonas más remotas que siempre fue, pero que se ha vuelto un campo de batalla en el que pugnan ahora viejos y nuevos actores en un contexto de degradación creciente de las condiciones de vida de la población y con riesgo cierto de volverse una bomba de alcance internacional.
LA QUIEBRA ALIMENTARIA. Lo primero es lo de siempre. El Sahel es el territorio de las grandes hambrunas históricas, la foto terrible de la desnutrición infantil. Pero eso ha ido a más en los últimos veinte años a causa de una sumatoria atroz: las sequías recurrentes por el cambio climático y la globalización de los mercados, que ha destruido parte del tejido agrícola de consumo local. Al ser más barato importar cereales que producirlos, se han abandonado campos y cultivos autóctonos en favor de la importación del consumo básico, haciendo a estos países muy dependientes de los precios internacionales.
Y, por lo demás, muchas tierras se han dedicado a cultivos de exportación, un negocio que da de comer a unos pocos, y se han vendido a capitales extranjeros. Resultado: más hambre, recalca la FAO, y más desintegración. Y, en este marco, las actividades delictivas en las regiones históricas del contrabando y bandidaje arrecian.
Es en este punto, además, donde el proselitismo del radicalismo islámico entre la población, que entra en juego haciendo un trabajo social y de redes alimentarias desde las nuevas mezquitas, hace mella en algunos países, como Nigeria y Níger. Ello a pesar de que el islamismo africano está construido con los mimbres de la moderación suní y el misticismo sufí, lo que implica un rechazo a la politización de la religión perceptible en la sociedad africana. Y finalmente la mezcla ambivalente entre grupos radicales y bandidaje en el Sahel remoto viene sola. Se utilizan mutuamente y alimentan las industrias delincuenciales.
En tercer lugar, ciertamente existe una competencia brutal y creciente entre las potencias emergentes como China e India con EEUU y Europa por los recursos naturales del Continente, que hacen de todo literalmente al efecto. Sin ir más lejos, Níger es el principal proveedor de uranio del mundo. Y ahora hay abierta ahí una guerra entre multinacionales por ese mineral, como por tantos en otras partes de África. Esto no es ajeno al interés militar de EEUU.
Ahora bien, estos factores de desestabilización tienen contrapesos que lo dejan todo abierto. De un lado, se trata del territorio nómada por excelencia y sus actores, como la minoría tuareg, siempre reactiva a integrarse en realidades nacionales y en conflicto con los estados, a los que acusa de marginar a sus provincias, ve al islamismo como una intrusión y una amenaza para su poder. Y se combaten, aunque a veces se alían. Y del otro están los propios estados africanos, a los que la multipolaridad mundial -el juego múltiple de potencias foráneas en liza- les da ahora más juego.
Quieren aprovechar para recuperar protagonismo y cotas de soberanía, incluso en el terreno contraterrorista, a sabiendas de su carácter estratégico. De hecho, Argelia y Malí ya actúan juntos en operaciones de acoso al islamismo.
En fin, lo que salga de este intenso cóctel aún está por ver. Pero lo cierto es que África en el Sahel tiene a una ruleta rusa.
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