P. G.
Es sábado en El Aaiún y ya han pasado treinta y seis horas de la llegada de Aminatu a El Aaiún. Su médico se encuentra a las puertas de su domicilio y la policía marroquí no permite su entrada. Haidar se levanta de la cama, débil por las secuelas de la huelga de hambre, baja las escaleras que separan su habitación de la calle, y planta cara a los policías. Finalmente consigue que el médico pueda entrar en su casa, a cambio de una subida del ritmo cardíaco. "Se ha puesto muy nerviosa", comenta su amiga Djimi El Ghalia, pero es una muestra más de su valor y su coraje.
Desde que en la madrugada del pasado viernes aterrizara en el aeropuerto de El Aaiún consiguiendo su objetivo de volver a casa, la policía de Marruecos cerca las calles adyacentes de la vivienda de Aminatu Haidar y bloquea la puerta de su casa. El viernes, después de que un grupo de periodistas lograra colarse en su casa para entrevistarla, la policía marroquí prohibió la entrada y salida de la vivienda a cualquier persona. Luego permitió sólo la entrada a los miembros de la familia de Haidar, como si fuera una muestra de que en Marruecos, los derechos humanos son un valor existente. Los periodistas no tienen libertad de movimiento para hacer su trabajo, pero allí se ve como algo normal, en una semana en la que una ciudad como El Aaiún, capital del Sahara Occidental, ha estado en primera línea informativa.