JUANJO JIMÉNEZ
Ciclón, gran borrasca e incluso tormenta subtropical. Tres fenómenos en uno, o uno solo con tres nombres, que dejó a Gran Canaria desde el 2 de febrero de 2010 rezumando agua de Cumbre a costa como sólo lo ha hecho en tres ocasiones en los últimos 30 años. En las islas occidentales los cazatormentas bautizan a la borrasca como Candelaria, por coincidir con la festividad de la virgen, y algunos expertos en meteorología, como Pedro Fernández y José Antonio López, sugieren denominarla Tormenta Subtropical Alex, que sería el nombre de turno que debería darle el National Hurricane Center de Florida. A su vez, la Agencia Estatal de Meteorología sostiene que esta entrega superlativa de bajas presiones no tiene nada de subtropical. Su portavoz, Ángel Rivera, ponía las nubes en su sitio: era una potente borrasca atlántica cuya estructura y núcleo carece de las características de un fenómeno tropical.
Pero mientras en tierra se buscaba no sin cierta polémica una nomenclatura exacta para el fenómeno desde lo alto seguía cayendo durante tres días y tres noches una espectacular cantidad de agua que empapó el suelo en apenas unas horas con un gran aparato de rayos, para acto seguido convertirse en torrente puro y duro: El lunes 1 de febrero cayeron en Valsequillo y Tejeda unos 145 litros por metro cuadrado. A las cinco de la mañana del martes, el encargado de la empresa concesionaria del mantenimiento de las carreteras, Francisco Cabrera, que vive en las Casas del Lomo era el primer 'incomunicado' de Gran Canaria.
A esa hora descubría que un gran tramo de la carretera entre Tejeda y Ayacata había desaparecido del mapa, lo que dejará al municipio partido en dos al menos durante un año. Mucho más abajo, en las Dunas de Maspalomas, la combinación entre el perigeo lunar, el momento en que más cerca está la Luna de la Tierra provocando las mareas más altas del año, y la fuerza de la riada, dejaron otra muesca más en la efeméride del Sur: Miguel Ángel Peña, director de la Reserva Natural de las Dunas de Maspalomas, aseguraba delante de La Charca partida en dos que era la vez en que más arena se había perdido en las tres últimas décadas.
Ese mismo martes seguían cayendo chuzos a baldes. Sin descanso. El acumulado en Tejeda ascendía a los 220 litros por metro cuadrado. Ahora el barranco de la localidad era un estruendo. Más al oeste, en Chira, una presa en teoría pobre en sus afluentes, era todo agua corriendo entre las casas del pueblo del mismo nombre.
En la presa de Las Niñas a esa hora su vaso estaba a punto de derramarse. A eso de las cuatro de la tarde, con una multitud esperando en la base de uno de los caideros más espectaculares de Gran Canaria, el que pasa el agua de ese embalse al de Soria -en la imagen superior-, estalla en una inmensa columna líquida, en un escándalo de piedra, pinos y escorrentías que sólo se ven pocas veces en la vida. El público brinca en aplausos de emoción y en el suelo aparecen hasta carpas arrastradas por la corriente, estalladas en su viaje vertical a la otra parte de la isla.
Pero el que creía que con eso ya se había visto todo se equivocaba. Transitar justo en el clímax de la 'borrasca atlántica' por la estrechísima carretera entre Acusa y La Aldea de San Nicolás era margullar directamente en un océano inédito. Los caideros de agua superaban el ancho de la vía y se tragaban el vehículo como el tubo de una ola interminable, entre un rumor de fuerte marejada que, combinado con las palmeras, los riscos y los barrancos tendidos de una banda a otra, amenazaban con sumergir la cuenca y todo lo que contenía. Ni siquiera con una cámara es posible traducir el asombro en imágenes.
Así fue como de repente, en sólo unas horas, el campo, que había vivido hasta esta semana un otoño y un invierno mustio y apático por unas temperaturas especialmente altas y muy pocas lluvias, se enraló, con 11 embalses del Cabildo llenos, lo que representa un 80 por ciento de su capacidad de almacenamiento.
Un "agua bruta", como la denomina la pastora Margarita González, y que sin embargo no provocó ningún desastre relevante, salvo los dos descritos y, si acaso, los tres coches que fueron arrastrados en Ingenio, sin más consecuencia que un apaño de chapa y pintura. No obstante, la borrasca sí que se cebó con Tenerife reportando una crónica bien distinta, con graves destrozos en Anaga y Santa Cruz que tardarán años en olvidarse.
En positivo, quienes no olvidarán fácilmente estos tres días de febrero son cientos de personas en Gran Canaria que, al igual que la sal de fruta, a poco que le echen agua burbujean. Como el inglés Robert Canby, de New Manchester, que aparece en la portada de estas páginas con una carpa cobrada en Las Niñas y que durante 20 años acude con su amigo Robert Wilkinson a su cita pesquera de invierno y que confiesa que la isla, en agua, "es maravillosa". O los caminantes Manuel Martínez, Eloy Reyes y Donato Brey, que resumen su camino de 16 kilómetros por Cruz Grande como "una experiencia única: algo para perder la cabeza de bonita". O para la gallega María Rúa y el asturiano Luis Romero, que a pesar de nacer en paisajes abigarrados, destacan el "verde luminoso de Gran Canaria" tras las precipitaciones que no ahorran en calificar como "lo más bonito que hay".
O Juan Monferrer y May Orihuela, sentados en una piedra frente al caidero de Soria, con la catarata enfrente y el sol cayendo en vertical y que no daban con la palabra para resumir la postal.
Para otros, el agua es riqueza para el monedero, o al menos para amortiguar el amulamiento de los meses anteriores. Así andaba Julián León Cazorla, acrecentando garbanzadas en Soria para la avalancha prevista; el lotero Rubén Pérez, de Trejo, de charco en charco, colocado en las mejores postales para repartir suerte; el apicultor Jacinto Ramos Sánchez, asegurando que era lo mejor que le podía pasar a sus abejas; para la agricultora Nina Suárez, que confesaba que unas horas antes no tenía ni un balde que echarle a sus pocos matos; o para el veterinario y ganadero Alejandro Rodríguez y la quesera Margarita González, hasta entonces seriamente angustiados por un invierno que amenazaba con irse sin empapar sus mundos.