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Senegal, ante el abismo

El presidente, Abdoulaye Wade, se presenta de nuevo a las elecciones y su candidatura ha provocado un estallido social antes de los comicios que se celebran hoy

 11:17  
Un grupo de jóvenes senegaleses escapa de los disturbios mientras cargan con un compañero que ha sido herido en uno de los altercados.
Un grupo de jóvenes senegaleses escapa de los disturbios mientras cargan con un compañero que ha sido herido en uno de los altercados.  JOSÉ NARANJO
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JOSÉ NARANJO - DAKAR Hoy domingo, Senegal celebra elecciones presidenciales y toda África contiene la respiración. Uno de los países más estables y tranquilos del continente se ha visto arrastrado en el último mes a graves disturbios que han costado la vida a al menos ocho personas y han provocado decenas de heridos. ¿El motivo? La tozudez de su anciano presidente, Abdoulaye Wade (85 años), en presentarse a estos comicios cuando existe un límite constitucional de dos mandatos que se lo impide y la amenaza de que, en dos o tres años, le suceda en el cargo su hijo Karim, tentación dinástica que los senegaleses no perdonan a su presidente.

Senegal es un país amable que ha sabido mantenerse al margen de las guerras, golpes de estado y tensiones que de manera cíclica sacuden a otros países de África occidental. Sin embargo, esta excepción democrática está a punto de saltar por los aires por el empeño de Abdoulaye Wade de continuar siendo presidente. La Constitución senegalesa lo dice claramente: dos mandatos presidenciales es el límite. Fue el propio Wade quien introdujo esta norma que ahora se pretende saltar. Un afán de perpetuación en el poder demasiado frecuente en el continente africano.

Por eso, cuando el pasado 27 de enero el Consejo Constitucional senegalés validó la candidatura de Wade se produjo un estallido espontáneo de cólera popular que degeneró en violencia y enfrentamientos entre jóvenes y la policía por todo el país. Un agente murió apedreado en Dakar. Y esta fue solo la primera víctima mortal de un total de ocho. El resto han sido manifestantes fallecidos por las cargas o los disparos realizados por la Policía en unos disturbios que se han prolongado hasta pocas horas antes de las elecciones.

Hoy es el día en el que deben hablar las urnas. En total hay 14 candidatos en liza, una cifra sorprendente para un país de apenas 13 millones de habitantes. Sin embargo, la oposición llega dividida a las elecciones, sus principales líderes han sido incapaces de encontrar los consensos necesarios para hacer frente al omnímodo poder que ha acumulado El Viejo, como se le conoce popularmente en el país, tras doce años en el poder.

Entre los principales aspirantes al sillón presidencial hay cuatro dinosaurios. Dos pertenecen a la misma órbita liberal que Wade, Idrissa Seck y Macky Sall, y ambos fueron estrechos colaboradores y primer ministro con Wade, y los otros dos encabezan opciones progresistas, el socialista Ousmane Tanor Dieng y Moustapha Niasse, quien también fue primer ministro de Wade durante un corto periodo de tiempo. Asimismo, hay algunos candidatos emergentes que podrían presentar batalla, como Ibrahima Fall o Cheikh Bamba Dièye, quienes estos días de manifestaciones y protestas se han dejado ver mucho en la calle.

El problema de la desunión o la ausencia de un líder sólido para enfrentarse a Wade han redundado en una evidente falta de estrategia estos días de protestas. Desbordada por los acontecimientos, la oposición se ha dedicado a seguir los pasos que iba marcando la calle que, de manera espontánea o mediante las convocatorias del movimiento ciudadano Y'en a marre (¡Basta ya!), iba poniendo cerco al poder. Y es que no es un problema sólo político. Muchos de los jóvenes que estos días tiraban piedras a la policía sufren en sus carnes el deterioro de las condiciones de vida de este país, como los frecuentes cortes de luz, el paro o la carestía de los precios. Wade puede sentirse orgulloso de haber construido unas cuantas carreteras y de haber impulsado las inversiones extranjeras en Senegal, pero su fracaso ha sido sonoro en el combate contra la pobreza y la exclusión de una gran masa de senegaleses.

En todo caso, cualquier esfuerzo político-electoral podría ser inútil si se confirma la enorme sospecha de fraude que planea sobre estas elecciones. En 2007, últimas elecciones presidenciales celebradas en plena crisis de los cayucos que salían abarrotados de jóvenes hacia Canarias, las encuestas anunciaban que Wade lo tenía difícil para seguir en el cargo. Pero ganó en primera vuelta con el 55,86% de los votos. Muchos expertos dijeron lo que casi todo el pueblo pensaba, el fraude era evidente. Pese a todo, los comicios fueron validados por la comunidad internacional.

En esta ocasión, el riesgo de pucherazo es aún mayor. Wade sabe que llegar a una segunda vuelta electoral podría ser peligroso y, tal y como ha denunciado el experto Bacar Ndiaye, la probabilidad de que gane en primera vuelta merced a un fraude es muy alta.

Dos datos avalan este temor: en los últimos días se han multiplicado las denuncias por irregularidades en el censo electoral (5,3 millones de inscritos) de personas que aparecen hasta diez veces en el mismo y la misión de observación de la Unión Europea ha alertado de la gran falta de transparencia del Ministerio del Interior en el reparto de los carnés electorales, necesarios para ir a votar este domingo.

Paisaje guerrillero
El paisaje cotidiano de Senegal en general y Dakar en particular de los últimos días ha estado lleno de barricadas en las calles, hogueras ardiendo por las noches en cualquier cruce, jóvenes lanzando piedras a la policía y ésta defendiéndose con gases lacrimógenos, pelotas de goma y balas de caucho, militantes armados con cuchillos amedrentando en los barrios y una oposición intentando, sin éxito, colarse en la plaza de la Independencia para convertirla en su plaza Tahrir. Sin embargo, la historia de esta crisis no está aún escrita del todo y del resultado de estas elecciones podría derivarse mayor inestabilidad aún, sobre todo si el reinado de Wade se prolonga por la vía de las urnas.

Hace doce años, Senegal dio una lección de democracia. El eterno aspirante a la Presidencia que había sido encarcelado, humillado y denostado, el brillante abogado que se había enfrentado con coraje al duro régimen socialista que llevaba 40 años gobernando los destinos de este país, Abdoulaye Wade, llegaba al poder tras unas elecciones limpias. Su antecesor en el cargo, Abdou Diouf, le cedió gentilmente el bastón de mando y se fue para casa. Hoy, doce años después, la víctima se ha convertido en verdugo, aquel que generó tanta ilusión lo único que genera hoy es miedo. El Viejo, que incluso ha sido apedreado durante esta campaña electoral, ya no canta canciones llenas de futuro. La música que suena hoy en Senegal sólo tiene una pegadiza letra en wolof, la lengua nacional: "Na deem, na deem, na deem" ("que se vaya, que se vaya).

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