22 de agosto de 2017
22.08.2017
Análisis Diez años de la crisis financiera que precedió a la Gran Recesión

El aniversario de la gran debacle

Se cumplen diez años desde que las hipotecas 'subprime' anunciaron que negros nubarrones amenazaban las economías occidentales

22.08.2017 | 02:46
El aniversario de la gran debacle

El 24 de octubre de 1929, un jueves negro, se produjo el crash de la Bolsa de Nueva York que acabó convertido en el emblema por antonomasia de la Gran Depresión, aquel cataclismo económico que fue el preludio de la Segunda Guerra Mundial. Casi 80 años más tarde, el 15 de septiembre de 2008, la quiebra del banco de inversión estadounidense Lehman Brothers se erigió en la bandera de la Gran Recesión, otro tsunami económico de alcance planetario del que muchos de sus principales damnificados, como los españoles, siguen sin haberse recuperado del todo.

No obstante, la última gran crisis, pese a tener su símbolo en Lehman, se inició un año antes. Fue en el verano de 2007, cuando las hipotecas subprime, un producto financiero de extrema toxicidad que se había inoculado en el sistema desde Estados Unidos y sus grandes bancos, empezó a mostrar su capacidad mortífera. Ha pasado desde entonces una década y, tal como previeron algunos expertos, sus efectos aún no han desaparecido. Es más, la Gran Recesión ha provocado (o contribuido a provocar) una serie de transformaciones sociales, políticas y económicas que, junto a la globalización y la revolución tecnológica, han cambiado el mundo. Cómo será el futuro es una incógnita, pero ya nada será como antes.

La burbuja tecnológica de principios de siglo provocó una huida de capitales hacia los bienes inmobiliarios. Los inmediatamente posteriores ataques terroristas del 11-S indujeron a los bancos centrales a bajar el precio del dinero. La combinación de ambos factores generó una gran burbuja del ladrillo sustentada en el exceso de liquidez. En Estados Unidos, se generalizó un tipo de hipotecas de alto riesgo, las denominadas subprime, que estaban orientadas a clientes con escasa solvencia. Mediante la emisión de bonos o titulizaciones de crédito, las subprime podían ser retiradas del activo del balance de la entidad concesionaria y transferidas a fondos de inversión o planes de pensiones de todo el mundo con el visto bueno de las agencias de rating, que dieron a estos productos una excelente calificación.

La posterior elevación progresiva de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal, así como el incremento natural de las cuotas de estos créditos hicieron aumentar la tasa de morosidad, el nivel de ejecuciones y los impagos y numerosas entidades comenzaron a tener problemas de liquidez para devolver el dinero a los inversores o recibir financiación de los prestamistas. La desconfianza fue creciendo conforme diversos fondos entraban en quiebra. A principios de agosto, la crisis se extendió a Europa a través del banco alemán IKB y, sobre todo, del francés BNP Paribas. El 9 y 10 de agosto de hace ya diez años, las bolsas se hundieron y los bancos centrales de las principales economías realizaron de forma concertada inyecciones masivas de capital para tratar de contener una sangría que luego resultó imparable dados los enormes destrozos.

Las tensiones fueron creciendo en los meses posteriores hasta que la caída de Lehman certificó la crisis global, que tendría una especial incidencia en los países desarrollados, singularmente en los más vulnerables de la Unión Europea.

La 'boutade' de Sarkozy

El desconcierto era tan enorme que el entonces presidente francés, Nicolás Sarkozy, lanzó su boutade más recordada: "Vamos a refundar el capitalismo". La crisis se llevó por delante a un sinnúmero de entidades bancarias, arrastró a la economía no financiera a desplomes históricos y provocó, cuando derivó en crisis de la deuda, el rescate de países como Irlanda, Grecia, Portugal y, parcialmente, España. En su corta vida, la existencia de la moneda europea peligró de forma muy seria.

Los efectos sociales fueron devastadores. En España, el empleo creado durante los años de la burbuja se esfumó casi de inmediato y las listas de parados crecieron a niveles estratosféricos. La pérdida de empleos, los cierres de empresas, los ajustes salariales en las compañías que sobrevivieron y una reforma laboral que agudizó la precariedad del mercado de trabajo provocaron un empobrecimiento generalizado, al que se sumaron las pérdidas de tantos inversores en Bolsa o productos financieros. La imposición de un control de las cuentas públicas obligó a recortes en el Estado del bienestar desconocidos en el país. Las clases medias se empobrecieron, la miseria amplió su radio de acción.

Y las calles se llenaron de damnificados. En España, las movilizaciones tuvieron un alcance político a resultas del cual -unido a la corrupción del PP- ha quedado trastocado el mapa representativo. No ha sido el único caso. Francia, Italia o Grecia también han vivido una tranformación radical en la política. El descontento creciente ha dado vida a viejos fantasmas, desde el resurgimiento de una extrema derecha xenófoba en Francia, Alemania o los países del Este a las pulsiones aislacionistas -el brexit, el independentismo catalán- o el regreso del proteccionismo, simbolizado en dos países que sentaron las bases del librecambismo y, también, de la crisis con su pulsión desreguladora: Reino Unido y Estados Unidos.

La gran potencia del siglo XX ha cruzado la crisis completamente desnortada. Con el paréntesis de Obama, ha encadenado a los dos peores presidentes de su historia y eso que Trump solo lleva seis meses en el poder. El mundo que surge tras la Gran Recesión ha cambiado de escenario: del Atlántico al Pacífico. Allí está China, presta a tomar el relevo de Estados Unidos. La clave está en si el relevo en el liderazgo será más o menos pacífico. En un escenario en el que el petróleo avizora poderosos enemigos en forma de energías alternativas, el espacio árabe se ha convertido en un polvorín aún peor tras el estrepitoso fracaso de las primaveras de 2011, que han devenido en guerras (y migraciones masivas) y nuevas dictaduras o estados fallidos.

Los datos macroeconómicos incitan a pensar que la Gran Recesión ha quedado atrás. España lleva más de dos años de crecimiento continuo, pero no ha recuperado los niveles de PIB y empleo de 2007 y la mejora ha beneficiado solo a una parte de la población. Dopada como está por las medidas del BCE, habrá que ver cómo resiste la supresión de la expansión monetaria que hace viable su desbocado endeudamiento. Y además, corriendo por el subsuelo de la crisis, se ha ido infiltrando una nueva economía, la de la revolución tecnológica de internet, que ha trastocado de forma radical el sistema de producción.

Pese a la vuelta a un optimismo contenido, hay demasiadas incertidumbres en el horizonte. Sabemos cómo la Gran Recesión ha borrado aquellos felices años de principios de milenio, pero aún no tenemos la perspectiva suficiente para otear cómo será el mundo dentro de otra década.

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