ANTONIO G. GONZÁLEZ
- Hay un libro de conversaciones entre José Luis Sampedro y usted, fantástico. De hace unos años ya, ¿no?
- Pues acabamos de reeditarlo con un diálogo añadido sobre la crisis...
- Constatado ya que el crecimiento económico en términos actuales es insostenible, ¿qué es lo que plantea la teoría del decrecimiento?
- Plantea que los países ricos, sobre todo, reduzcan sus niveles de producción y consumo al propio tiempo que se reformulan las reglas del juego de nuestras sociedades sobre la base de nuevos valores como el ocio creativo, el reparto del trabajo, la reducción de las dimensiones de muchas infraestructuras, la primacía de lo local, un estilo de vida más sobrio; es redistribuir recursos con reglas distintas.
- ¿Cómo se concretaría en el improbable supuesto de que hubiese cierto consenso internacional sobre ese horizonte? ¿Qué primeras medidas habrían de ir en el programa?
- Es un programa vinculado fundamentalmente con el Norte desarrollado. Yo no le voy a pedir a Burkina Fasso que decrezca. Implica que hay que reducir la producción y, por lo tanto, cerrar sectores productivos enteros que están en el origen de la extensión de lo que se llama la huella ecológica [el desgaste físico del Planeta]. Estoy pensando en la industria automovilística, del complejo industrial-militar, de la aviación, la construcción...
- Del turismo, en formato masivo.
- Y del turismo, en buena medida. Claro, alguien dirá, si hacemos esto vamos a tener a millones de desempleados. ¿Cómo recolocaríamos a esos desempleados? Hay dos vías alternativas y simultáneas. Una es la potenciación de sectores económicos que tienen que ver con la satisfacción de las necesidades sociales y el medio ambiente. La otra es la necesidad inexorable de repartir el trabajo, una vieja demanda sindical que, sin embargo, cobra gran actualidad. No podemos permitir que haya personas que disfruten de todo el trabajo que deseen y otras que no tengan trabajo alguno. El efecto sería que trabajaríamos menos, que tendríamos mucho más tiempo libre, pero también que ganaríamos menos y tendríamos que reducir muchos de los consumos ostentosos a los que nos entregamos. Creo que éste es un escenario más vinculado al bienestar y que lleva más a la felicidad que el modo de vida esclavo en el que estamos insertos, que hace pensar que seremos más felices cuando más trabajemos, ganemos y consumamos. Y, de hecho, hay ya encuestas en países escandinavos, claro, con potentes estados de bienestar, en las que cada vez más gente, no militantes ecologistas, está a favor de una vida más austera, llegan por su cuenta a tal conclusión.
- Quizás mayores resistencias a ese modelo puedan venir de las potencias emergentes no occidentales (India, China Brasil, Méjico, Sudáfrica), que galopan al hiperconsumo.
- En los estamentos oficiales las resistencias van a ser poderosísimas en nuestros países, en China y en Brasil. Pero lo interesante de la propuesta del decrecimiento es que no implica sólo decirle a esos países que no van a poder disfrutar de lo que el mundo rico disfruta porque es insostenible sino que, a cambio, este último se compromete a cambiar significativamente su modelo. Pero el problema no es tanto de países como tales, sino de intereses privados connotados; la lógica del capitalismo exige un crecimiento permanente en todas partes.
- ¿Hay algo en la crisis que haga pensar en que el capitalismo vaya a autorregularse, como con el estado de bienestar tras la Guerra Mundial?
- El capitalismo está perdiendo su histórica capacidad de adaptación, sus mecanismos de freno. Llevado de una voluntad irrefrenable de acumular beneficios en un periodo breve, está cavando su propia tumba. Estamos acostumbrados a la lógica cíclica: estamos en recesión, mañana volverá la bonanza... Pero creo que no va a haber etapas nuevas de bonanza, veremos unos fuegos artificiales que indiquen el abandono de la recesión para, en realidad, entrar en otra recesión. En la crisis de 1929 no estaban los límites ambientales del Planeta sobre nosotros. Hoy la quiebra de la lógica del capitalismo es tal que los propios empresarios empiezan a dudar de la eficiencia del sistema para producirles beneficios.
- Pero ahí está el capitalismo verde para readaptar los viejos modelos.
- Ojalá sea así, pero tengo la impresión de que las energías renovables no van a resolver el problema si no frenamos el modelo de crecimiento ilimitado, si no están al servicio de un estilo de vida más austero. Si el ahorro que tenemos por utilizar bombillas de bajo consumo lo gastamos en hacer un viaje de turismo en Cancún, al final va a resultar que el capitalismo verde será mucho más agresivo contra el medio ambiente, aunque su fundamento inicial parezca más benigno.