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Se acabaron los silencios

Loreto González sobrevivió al accidente pero Clara, su hija de 23 años, no corrió la misma suerte

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La superviviente del accidente del vuelo JK 5022 Spanair Loreto González, en su casa de Maspalomas.
La superviviente del accidente del vuelo JK 5022 Spanair Loreto González, en su casa de Maspalomas. YAIZA SOCORRO
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Le está costando arrancar, pero va. Poco a poco, pero va. Despacito, pero sabiendo que a Loreto, como le ha demostrado ella a la vida en distintas ocasiones, no la frena nadie. Y menos ahora que busca hacer justicia por la memoria de Clara: su hija, su colega y cómplice. La persona con la que aquel 20 de agosto 2008 tomó ese maldito avión. La chica de 23 años que la impulsa a vivir.

MIGUEL F. AYALA - LAS PALMAS DE GRAN CANARIA. Loreto González mantiene a mano sus gafas de sol durante toda la entrevista. Unas veces se las pone para ocultar las lágrimas, otras para protegerse del sol y la mayoría de las veces, vaya a saber usted por qué razón. La cosa es que no para. Parece inquieta. Comprensible, no obstante, y ella misma lo dice: "Nada es igual desde que perdí a mi hija". Clara Díaz González, de 23 años, una de las fallecidas en el accidente del JK 5022, es esa preciosidad rubia que ella echa tantísimo de menos. "No he tenido la cabeza para nada", se excusa en su domicilio de San Bartolomé de Tirajana, donde se recupera de las lesiones sufridas en el siniestro de Spanair. "Ella viajaba en la fila veintialgo; yo en la dos y fíjese, ella no está y yo...", dice antes de colocarse de nuevo las gafas.

Esta superviviente cuenta que Clara "era una estudiante brillante y una mujer muy comprometida. Acababa de terminar Psicología y le decía de broma cuando hablábamos: 'ahora eres una señora licenciada'. Durante la adolescencia tuvimos las típicas diferencias de madre e hija pero ahora teníamos una relación de mujeres. Era fabulosa: hablaba perfectamente inglés y tenía una sensibilidad enorme con temas tan comprometidos como la violencia de género... La veía con un futuro tan prometedor... de ahí que ahora que estoy un poco mejor de salud vaya a luchar hasta el final para hacer justicia a su memoria y a la del resto de víctimas".

Prefiere centrarse en su niña a volver a recordar todo lo que sucedió en aquel avión la tarde del 20 de agosto de 2008, una catástrofe que rememora con pelos y señales "porque no perdí el conocimiento nada más que unos minutos, ya con el avión estrellado".

SECUELAS. Habla de todo, pero sus heridas físicas, muchas, pesan menos que las psíquicas. "Es un fastidio saber que me voy a quedar coja el resto de mi vida, porque una pierna la tengo más grande que la otra y me han diagnosticado pie vago, pero yo lo he podido contar: Clara y 153 personas más, no", dice en la terraza de una casa que de vez en cuando atraviesa Mamadou, el joven que la ayuda en su vida diaria porque Loreto ha precisado hasta hace muy poco "a una persona que incluso me lleve al baño", dice, como ejemplo de la necesidad que le hace falta a ella y los demás el dinero de las indemnizaciones, unos euros que Spanair todavía no ha abonado y que se han convertido en el principal caballo de batalla de las familias y los supervivientes.

Como médico que es, Loreto sabe el precio -o el no precio, mejor dicho- de una vida. Pero la mujer responsable que habita el cuerpo moreno de esta superviviente también le recuerda que "hay que hacer justicia, y cada uno tendrá que responsabilizarse de sus actos: la compañía y el Ministerio de Fomento... Nosotros ya lo estamos pagando, ahora que lo paguen ellos", dice rotunda antes de coger las gafas de sol por enésima vez.

Hablando de Clara, que parece que escuche desde un marco de fotos la conversación, no quiere dramatizar - "a ella no le gustaría", dice-. Al contrario, quiere recordar a la Clara feliz, la irrepetible amiga y confidente "de Cristina, Sara y la otra Cristina, sus tres grandes pasiones junto a su novio, Félix", dice rota por el dolor y rota también por el brutal impacto de su pecho y su rostro contra la butaca delantera durante el accidente. "Literalmente me partí la cara", asegura acariciándose unos pómulos preciosos pero quién sabe si los mismo de aquel día de agosto. "Me voy recuperando físicamente: en enero estaba en silla de ruedas y ahora voy con bastón. Aún quedan operaciones y más rehabilitación pero puedo contarlo".

Esta médico gallega de Monforte de Lemos volvía a Canarias aquel día tras pasar junto a su hija unas vacaciones en Galicia, después de haber finalizado una misión en comisión de servicios en Seychelles. Ha viajado mucho como médico durante su vida y por eso se atreve a decir que vio "venir el accidente". Un poco más relajada, explica que "durante el despegue el avión no llegó a tomar la potencia correcta. Iba más despacio. De hecho", asegura, "yo pensé que iban a abortar de nuevo la maniobra".

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