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HEMEROTECA » |
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NATALIA VAQUERO
MADRID
- ¿Qué recuerda de aquel fatídico 20 de agosto del año pasado?
- Era un día my aburrido, tranquilo y caluroso. Yo acababa de incorporarme de mis vacaciones y estaba a punto de terminar la jornada laboral cuando saltó la alarma. Un trabajador que estaba en Paracuellos del Jarama llamó al 112 diciendo que había visto cómo se estrellaba una avioneta.
- Y ahí se acabó la tranquilidad.
- Exacto. Todo era confusión y envié un helicóptero sanitario hacia el lugar que nos había indicado este trabajador. Al mismo tiempo movilicé dos ambulancias, una UVI móvil y un vehículo de intervención rápida. Yo salí en coche hacia la zona y cuando íbamos por la M-40 vi una columna de humo negro. Ahí me di cuenta de que algo gordo había pasado. La preocupación crecía más al darnos cuenta de que el accidente se había producido dentro del aeropuerto.
- ¿Qué se veía desde el helicóptero?
- El caos. El piloto nos informó de que se trataba de un avión de pasajeros y que ardía toda la zona del siniestro. De hecho, el helicóptero no pudo aterrizar por culpa del fuego. Las únicas informaciones reales que llegaban eran las del helicóptero. Era la estampa de unas vacaciones truncadas de la peor forma posible. Se veían maletas desperdigadas, bañadores, zapatillas y cuerpos de algunos de los fallecidos junto con los de los pocos supervivientes.
- ¿Qué se le pasó en ese momento por la cabeza?
- Que desgraciadamente íbamos a tener muy poco que hacer. Cuando me confirmaron que era un avión comercial me preparé para lo peor.
- Y sus sospechas se confirmaron.
- Desafortunadamente sí. El avión estaba partido y ardiendo. El helicóptero tomó tierra y el personal se acercó a la zona del desastre con un equipo de bomberos. Lo principal era atender a las pocas víctimas que no habían fallecido. En ese momento ya se había activado el dispositivo de emergencia con ambulancias y hospitales de campaña. Son las famosas imágenes de las ambulancias llegando al aeropuerto.
- ¿Y qué imágenes se le han quedado a usted grabadas?
- Muchas, pero hay una que me impactó de lleno. Fue cuando los familiares de las víctimas estaban en la sala de Barajas donde se leyó el listado de los supervivientes y en qué hospitales estaban. Había un silencio sepulcral y al decir el último nombre de la lista se produjo el momento más dramático. Del silencio se pasó al llanto, a la desesperación. Todos sospechaban lo peor, pero no se lo querían creer. La gente se vino abajo e incluso hubo quien quiso linchar al representante de Spanair. Era un drama absoluto de personas que perdían el conocimiento, gritaban y lloraban.
- ¿Había la más mínima posibilidad de confortar a estas personas?
- No hay consuelo ante una situación como ésta. Poco se puede hace para quitar un dolor tan grande. Puedes consolar y ayudar a que asuman lo que ha pasado. También es fundamental en esos momentos que se sientan arropados, que no estén solos. No me olvidaré de un hombre que se me acercó y me dijo: "Ya no tengo familia". Había personas que estaban solas y que parecían idas. No hay que olvidar que el fallecido ya es fallecido y no siente. Los que sufren son los que quedan sin sus seres queridos. Tampoco se me olvidará la morgue que hubo que improvisar en un pabellón de Ifema. Había más de 20 forenses trabajando. Era espantoso. No recuerdo mucho más. Intento no recordar. Es un mecanismo de defensa.
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