B. V. H. - MOGÁN.
"Cuando Siomara se quedó embarazada, tan joven, tuve miedo de que no estuviese a la altura de la responsabilidad que conlleva tener un niño", cuenta Mari, "me dio una demostración de lo mayor que era y de lo preparada que estaba para esa tarea... Me sentí muy orgullosa de ella porque, además, iba a empezar, a la vuelta del viaje, un curso de turismo del Ayuntamiento para trabajar como camarera".
"Abenauara", prosigue Mari Cabrera, "era una chica muy viva y muy deportista. Tenía un gran temperamento", recuerda con una sonrisa, "y siempre fue una chica muy fuerte".
El dramático accidente de avión que se llevó sus vidas no sólo le dejó a Mari Cabrera el corazón y la vida destrozados, sino que con ella todo el puerto de Mogán sintió la pérdida de aquellas niñas que habían sido parte de la vida del pueblo.
"Cuando las compañeras de Abenauara me veían no sabían qué decirme. Yo no quiero que ellas sufran y por eso me acercó siempre a hablar con ellas", asegura. "Para las niñas tiene que haber sido muy difícil ir a clase y ver su silla vacía... Eran como una piña. Siempre juntas de un lado para otro, sin parar", recuerda.
Ahora, todos los sábados, ya sea acompañada por su marido o por una compañera del trabajo que la lleva, Mari Cabrera se acerca al cementerio y enrama las lápidas de sus dos hijas y de su pequeño nieto. "Es el único consuelo que me queda".