´La muerte nunca tiene sentido´

"Todavía me añurgo", confiesa el obispo Francisco Cases un año después de asistir a las familias en Ifema

 21:04  
El obispo de Canarias, Francisco Cases, en la redacción de este periódico, en Las Palmas de Gran Canaria, la pasada semana.
El obispo de Canarias, Francisco Cases, en la redacción de este periódico, en Las Palmas de Gran Canaria, la pasada semana.  JUAN CARLOS CASTRO

ANTONIO G. GONZÁLEZ
LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
"La muerte está hoy en los periódicos y en televisión en dos niveles distintos: en el de los datos reales y en el nivel de la ficción. Y hay reportajes y crónicas que parecen películas. El problema con el accidente de Spanair es que detrás lo que había eran rostros de personas concretas", señala el Obispo de Canarias conversando sobre lo que significa, a su juicio, estar a la muerte sin ir más lejos en casos como éste. La presencia casi inmediata, discreta y sin el menor afán de protagonismo mediático de Francisco Cases en el pabellón de Ifema en Madrid con familiares de las víctimas del fatídico vuelo fue en su día unánimemente alabada.

"Yo estaba en la Península, en la Casa Sacerdotal de Alicante, donde paso las vacaciones trabajando desde hace veinte años. Era mediodía, era la hora de comer, y un compañero me dijo: "Paco, mira la tele porque está ocurriendo algo relacionado con Canarias que no es bueno". Las informaciones iniciales no acababan de dar cuenta de la dimensión de la tragedia. Pero lo que el obispo tuvo claro desde el principio fue que "en Barajas hay gente de mi pueblo que está sufriendo; hay muertos que han dejado detrás un dolor inmenso".

Entonces, Francisco Cases hizo dos cosas: "Llamé a un matrimonio amigo y le pedí el coche para irme a Madrid y llamé también a Las Palmas de Gran Canaria al vicario general, y le dije: "Hipólito, vete disparado al aeropuerto [de Gando] porque allí se van a concentrar las familias de los afectados". En el trayecto a Madrid por la radio se fue enterando de los detalles de la catástrofe. "Iba con el móvil en la mano y me llamaban constantemente, con lo que cuando veía que era necesario responder, tenía que aparcar en la cuneta". Cases fue consciente de inmediato de que "era bueno que apareciera públicamente pronto una voz del obispo, de la Iglesia. Total, que llegué muy tarde a Madrid, sobre las once de la noche, al pabellón de Ifema, donde estaban cadáveres y familiares".

SIN PRETENSIONES. Ahí se dio cuenta a la primera de que "lo que tenía que hacer era estar con la gente, sin más. 'Vengo sin pretensiones de nada', recuerdo que dije a la primera familia con la que hablé, a la que me presenté, una familia que me recibió señalándome: 'Padre, viene usted en mal momento', dándome a entender que lo tenía difícil para encontrar palabras, lo cual era cierto, es más, no había palabras, ni yo obviamente, que sé lo que es perder seres queridos en accidente, además, del modo más imprevisto, pretendía como si se tratase de una varita mágica. Eso lo comprendí bien".

Cases recalca en este punto que la "muerte de una persona joven es lo que nos quiebra la esperanza siendo ésta la que permite encontrar sentido a la vida". Al señalársele que el sentimiento religioso en teoría ayuda a hacer discurso sobre la muerte -lo que no puede ser formalizado- al menos a los creyentes, el obispo es rotundo: "Los golpes de la vida pueden herir la fe. Un creyente no tiene menos dudas con la fe que los no creyentes. Quizás tenga otros aportes para resolverlas, pero no existe el más o menos del creyente frente al no creyente ante el impacto de la muerte, siente igual el desgarro, al margen, insisto, de que quien cree en el más allá pueda juzgar con otra luz todo lo que está viviendo".

SIN SENTIDO. En relación con lo que Heidegger llamó la "constitución radicalmente infundada de la existencia" o el "estar arrojado a la existencia" y su irrupción a la conciencia cuando un sujeto se confronta con la facticidad de los cuerpos sin vida, como sucedió a borbotones en Ifema, Cases comenta que él creció leyendo a los existencialistas franceses. "Y me impactó mucho Unanumo, que pasó por ser un agnóstico, pero cuando uno lee su diario privado capta al alma creyente. De hecho su epitafio lo revela: "Méteme, Padre, en tu pecho, pues vengo deshecho del duro bregar". El escritor salmantino tiene una frase sobre la muerte que a Cases le impactó. "Las personas, decía, llegamos a la madurez al encontrarnos con la muerte, no en el sentido de que maduramos cuando morimos, sino cuando topamos con la muerte como problema, cuando hacemos de la muerte un tema".

El obispo confiesa que "la primera vez que experimenté una muerte que me dio en la diana me quejé ante el Señor de ella, por lo injusto, por lo incomprensible, pero entonces comprendí que la muerte no se puede comprender. Y el cristiano no es que la comprenda, acepta la muerte como el paso a otra situación aunque sea incomprensible. Por eso en Ifema nunca intenté buscar una palabra que diera sentido a aquellas muertes, porque no la hay, la muerte nunca tiene sentido". Es más, añade el obispo, "fíjese en un ejemplo muy pedestre, casi de todos los días: cuando le damos el pésame a alguien cercano casi nunca lo hacemos con palabras, que están todas de más; nos limitamos quizás al gesto afectivo y a acompañar en silencio. Y eso fue lo que hice en Ifema, ir de grupo en grupo, viendo a éste y a aquél, algunos me conocían, otros ni sabían quién era y me pasé así toda la noche".

Cases hace hincapié en este punto, al señalársele la concentración de dolor casi insoportable que hubo de haber en Ifema, que "gracias a Dios existe un nivel de saturación incluso en el dolor más allá del cual lo que hay es una especie de sosiego. La gente se rinde, hasta por cansancio físico".

HOMILÍA, LÁGRIMAS. Hubo un funeral masivo, como se sabe, en la catedral de Santa Ana. Y, en éste, destacó una homilía muy emotiva de Francisco Cases, que entonces no se pudo reprimir y le salieron las lágrimas. "Pues sí, es verdad, me añurgué. Y, bueno, confieso que todavía me añurgo".

Ahora, un año después, y rebasado el acontecimiento de la catástrofe, la muerte, queda la ausencia, la insospechada métrica de la ausencia. "El mensaje ahora es el mismo", subraya Cases. "La vida continúa, la vida está aquí en lo que se refiere a nuestras obligaciones y la de nuestros seres queridos, según nuestra fe, en las manos de Dios". La única variación, a juicio del obispo de Canarias, es que "este mensaje lo leemos de forma distinta, quizás de una manera más sosegada. Y no porque hayamos digerido mejor lo sucedido, sino porque nos hemos acostumbrado al dolor".

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