A. ZABALETA
Justo un año después de la tragedia, otro avión de Spanair se tomaba ayer una modesta revancha con el destino y completaba de forma impecable ese trayecto Madrid-Gran Canaria que abortó un terrible accidente en la misma pista de despegue de Barajas el 20 de agosto de 2008. Los pasajeros que desembarcaron en Gando certificaron la más absoluta normalidad en el vuelo. De hecho, si no hubiera sido por el enjambre de cámaras de televisión que se agolpaban en el aeródromo madrileño para verles partir, nada hubiera diferenciado ese de cualquier otro trayecto de Spanair, explicaron.
Dos números y muchas circunstancias separan a ambos vuelos. Dos números, porque la aeronave que aterrizó ayer en Gando correspondía al vuelo JK-5024, frente al JK-5022 del avión siniestrado, número que la compañía se apresuró a retirar horas después del siniestro. En cuanto a la circunstancias, el de ayer podría calificarse casi de vuelo modélico, aunque con un pequeño meneíllo en el aterrizaje que disparó un grito, y con un retraso de veinte minutos, en estas fechas auténtica moneda común en Barajas.
Los pasajeros que cubrieron hasta la mitad de la capacidad del avión disfrutaron de un tranquilo trayecto, sin sobresaltos. No hubo ansiedades ni miedos. Alguno hasta se bajaba del avión a las 15.30 horas sin haberse enterado de que se cumplía justo un año del accidente.
El retraso de casi media hora, anunciado en los paneles, pudo poner el corazón en un puño entre los que esperaban en Gando, pero pronto las llamadas de los móviles explicaron que no pasaba nada excepcional, más allá del tráfico que en la segunda quincena de agosto convierte Barajas en un ajetreado ir y venir de aviones, turistas y personal de tierra. Tampoco hubo un minuto de silencio durante el trayecto, ni ninguna mención explícita al accidente de hace un año por parte de la tripulación del avión. El mejor homenaje fue, pues, la normalidad con la que transcurrió el vuelo.