"Pasadas tres semanas ya pueden aparecer daños irreversibles"El coordinador de ayuda sanitaria en Tinduf, Chema Anda, visita a Haidar y le advierte de los daños terribles para su organismo Gregorio Cabrera - Arrecife Una infinita tristeza hecha de arena y desesperanza. Él ha comprobado que el luminoso desierto al sur de Argelia, donde se levantan los campos de refugiados saharauis del Tinduf, es una mancha negra en los corazones. "La situación de no estar ni en guerra ni en paz, el inmovilismo y los altibajos en la fe de volver un día a su tierra provocan en ellos cuadros de ansiedad y efectos psicosomáticos por la situación de infelicidad". Son palabras de Chema Anda, médico y coordinador de ayuda sanitaria en la zona que ayer visitó a Haidar, que rechaza asistencia médica desde la semana pasada. Pese a ello, Anda alerta de que "pasadas las tres semanas ya pueden aparecer daños irreversibles", esto es, secuelas que arrastraría de por vida una vez que volviera a la normalidad. Y hoy [13 de diciembre], justamente hoy, culmina la cuarta semana: 28 días de sufrimiento y de esa infelicidad tan conocida por el pueblo saharaui, pero también de determinación. Un destello. Y otro. Un estruendo. Y otro. La noche del viernes al sábado fue dura alrededor de la garita donde se aloja Haidar. De madrugada, una sobrecogedora tormenta eléctrica que convertía por momentos la oscuridad en días de medio segundo de duración derivó en una tormenta envuelta en viento. La enrabietada lluvia venía de frente y cayó sobre los que dormían en sacos, bajo una pérgola que fue sorteada por el aguacero con la ayuda del ventoral. Siempre pendientes de ella, de la señora a la que miman sin descanso, se apresuraron a cubrir las rendijas de la puerta que da acceso a su habitáculo para que no se le colara el agua. Ya extendida la noche, Haidar pidió algo más que ir al baño, como hace regularmente una media de tres veces cada jornada. En esta ocasión necesitaba tomar aire. Durante diez minutos, la espigada y hacendosa periodista Edi Escobar, miembro de la plataforma de apoyo a la activista, la paseó por la terminal de guaguas del aeropuerto de Lanzarote, por detrás de uno de los vehículos que estaban allí estacionados, para librarse de las miradas y las fotografías. Luego regresó al interior, a su posada lanzaroteña, a su colchón y a sus mantas y cojines, al lado del retrato de sus dos hijos, Hayak y Mohamed. Los tres sonríen juntos en la imagen. Ahora lloran y esperan por separado.
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