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HEMEROTECA » |
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JOSÉ ANTONIO GODOY
Llevamos unos días que en los mentideros de Agaete vuelven a escucharse las consabidas expresiones: ¡Ya falta menos!, ¡Nos vemos en la esquina del Perola!, ¡Ya está aquí el viento de la fiesta!, ¡A las cinco de la mañana en la puerta del Ayuntamiento! o ¡Agárrense como nos coja este calor!. Frases típicas de toda la concurrencia que, con muchos trienios en Rama, va recalando por el pueblillo como los gatos al olor de las sardinas y que si no fuera porque la Rama es un ritual de libre concurrencia, diría que opositaron a ella obteniendo plaza en propiedad. Son los mismos que, nada más poner el pie en el pueblo, entonan el "naná naná na na na…", porque a excepción de una de las partituras tradicionales, la música de la Rama, o no tiene letra, o han sido importadas cuando no inventadas por la tradición popular. Vaya este homenaje a los compositores, músicos y directores que nos legaron este patrimonio.
Creció mi generación viendo dirigir la Banda de Agaete a don Manuel García Sosa, que había retornado de Argentina y posteriormente a don Enrique Asencio Ruano, un director llegado de Alcoy (Alicante) que amplió el repertorio añadiendo la impronta de la región de procedencia. De allí y de los toques cuarteleros llegaron los sones que aún se escuchan cuando la muchedumbre toma la calle acudiendo a las puertas del Ayuntamiento en la madrugada del 4 de agosto al estallido del volador y, lo que en otrora significó disciplina militar, ahora supone diversión, jolgorio y batalla entre policías y danzantes, los primeros por hacer avanzar la comitiva y los segundos por retenerla. Así es la Diana.
De padres a hijos se trasmitió el Quinto levanta/ quítate la manta/ que viene el sargento/ con el cinturón... asociada con la partitura Aurora Feliz compuesta por don Ricardo Melchor Climent, a la que se sumaría otra diana floreada cuya letra bucólica y entrañable continua en la memoria de las octogenarias agaetenses que cantaron de jovencillas: Entre naranjos/ y limoneros/crecen fecundos/ los azahares/ y son alfombras/ de tu sendero/ las madreselvas/ y los rosales. / Y en el invierno/ la frente inclino/ recuerdo siempre/ donde he nacido/como recuerda/la golondrina/ su amante nido/ su amante nido.
Y continuaron llegando dianas del amanecer del maestro Jaime Texidor, un catalán afincado entre los pueblos valencianos de Carlet y Manises que nos legó la entrañable Ondina a la que se unió Aromas de Enguera, venida del pueblecito valenciano como su nombre indica, limítrofe con Albacete, cuyos olores a espliego, enebro y azahar, inspiraron a don Joaquín Sanchís, que vino a completar el ramillete de dianas mediterráneas cuyas notas cruzaron el Atlántico alojándose para siempre en el alma culeta, que reclama en la madrugada los olores de Tamadaba que horas más tarde impregnarán la Rama. Dianas para cantar y bailar y también para evocar el pasado y vivir el presente, cuando los trinos de clarinetes tocan en la puerta de las emociones y estremece los umbrales de las pasiones, cada vez más, cuanto más nos entregamos al ritmo desenfrenado de la danza.
Fitero es un pueblo navarro de la Ribera Tudelana cuna de San Raimundo, fundador de la orden de Calatrava, lugar elegido por Gustavo Adolfo Bécquer para pasar cinco largas temporadas de su vida y donde tuvo la suerte de nacer María Bayo, la gran soprano lírica. Pero en lo que a Agaete y a la música se refiere, Fitero es la villa donde nació don Lorenzo Luis Yanguas a quien debemos dos de los ritmos que, a pesar de lo opuestos entre sí, forman parte del sentir popular agaetense en la tragedia y en la comedia. Por parte de la tragedia no se entendería un Viernes Santo sin la marcha Pobre Mari en la ceremonia del entierro y por la comedia, tampoco se entendería una Rama sin la marcha Todo por España que provocaba lágrimas de madres y novias emocionadas en todo el país, al evocar las juras de bandera de los reclutas, menos en Agaete donde se le confirió tal toque de distinción, que acabó desbancando a Banderita sintiéndolo mucho por Marujita Díaz, mérito suficiente para su inclusión en el acervo musical de la Rama que la ha perpetuado para siempre.
¡ARRIBA CAMPEÓN! Con la misma intención que lo hiciera don Lorenzo Luis Yanguas, creó don Pedro Rubio Olarte, la partitura Soldado de España, otra pieza clave que, mientras en Madrid se adueñaba de aquellas paradas y desfiles militares, con la intención de aquellos años de dictadura, en Agaete, con la misma música y el paso cambiado, reemplazamos toda aquella parafernalia por ramas de pino, eucaliptos, castaño, brezo y poleo, que son las cinco variedades vegetales que forman el ramo del ramero que se precie y que aventaja en siglos a la revolución portuguesa de los claveles. Reconocerá la concurrencia esta música por los compases que evoca el Vals de los Patinadores del francés Emile Waldteufel donde el compositor dejó inmortalizado para siempre el vals evolucionado a ritmo de marcha que se conoce en fiestas populares de la que la Rama es su mejor exponente.
Pero si hay música de la Rama que cause estragos y levante los pies del suelo hasta al más soso o desabrido ésa es El Campeón. No me cabe la menor duda que don Enrique Asencio Ruiz, familiarizado con el espíritu festivo de Agaete y viviendo aquel fenómeno irreverente, donde unas dianas y marchas castrenses allá, eran piezas bailables acá, acabara por componer la suya propia, después que la familia de los Armas le tarareara una melodía heredada de sus antepasados, que lleva implícita como su nombre indica, tanto en el toque como en el baile, la elegancia de un ganador. Reconocerla es de lo más fácil porque ya los músicos se encargan de agacharse, más aún si cabe en el pianissimo, para que luego el salto hacia arriba sea más espectacular, y es que aguantar una Rama entera bailando es cosa de campeones, como así lo han sido, no bailando pero si tocando y dirigiendo las dos bandas de música del pueblo, la de Agaete y la Guayedra, don Manuel García, don José Santana, don Miguel Santana y don Jerónimo Martín, músicos todos encargados de perpetuar el repertorio tradicional con algunas concesiones a los ritmos de moda, que van y vienen sin que por ello alteren la esencia misma de la Rama.
Año tras año, al estallido del volador, porque por estos lares no hay ni cohetes ni chupinazos, estos hombres de bien, unos en el recuerdo, otros aún presentes y espero que por muchos años, inician el pasacalle justo detrás de la Iglesia de la Concepción en el casco urbano, para ir al encuentro de la Rama traída del pinar de Tamadaba unas veces a hombros, otras en mula y cuando la muchedumbre desbordó las previsiones, en camiones; y es en ese encuentro en el cruce de las calles Guayarmina con San Germán, en el callejón de la Rama, donde el gentío y los rameros se reconocen y renuevan la eterna promesa del año que viene otra vez, arrancando con El Campeón con el paso firme en dirección al Puerto de las Nieves.
DESDE PARÍS A AGAETE. No son los compases del Vals de los Patinadores la única pincelada francesa que tiene la Rama de Agaete, seguramente la pieza más universal sin lugar a dudas es La Madelón, una partitura compuesta para animar a las tropas aliadas en el frente europeo durante la Primera Guerra Mundial y que luego en el territorio nacional se la disputaron la Legión Española con su cabra al frente Paseo de la Castellana abajo y Sara Montiel en la película El último cuplé. Nunca supusieron Robert Camille y Bousquest, sus compositores, que aquella Madelón del París de la Francia traspasara frentes, trincheras y fronteras y es que al final, tratándose de canciones, triunfan las que hablan de amores apasionados aunque mientan como en los boleros.
Aparentemente poco tiene que ver la historia de Madelón con el ritual de la Rama desde un punto de vista sólo literal, pero a poco que ahondemos, encontramos la actitud libertaria y solidaria de la cantinera para moverse entre la tropa, la picardía y frivolidad del cuplé que le añadió la Montiel y el pronto de cabra de la legión que hay que tener, bien para tirarse al monte en busca de la rama o botarse en esas calles y barrancos al ritmo trepidante de la percusión con que la Rama invita a participar. Es así como el ritual ha ido conquistando a propios y extraños hasta instalarse en el patrimonio afectivo de quienes acuden año tras año a vivirla con independencia de sus razones.
AGAETE ES FIESTA. Es esta la música que hemos recibido y la que estamos obligados a transmitir, la que hemos oído tocar hasta acabar integrándola en nuestra biomasa sabiendo que erraría quien pretenda hacer un análisis en defensa o detrimento del ritual de La Rama por los títulos de las partituras, igual que han errado quienes pretendieron hacerla bandera de algo que no fuera concebido como patrimonio de cuyo accionariado es beneficiario y responsable todo un pueblo. Por el contrario, si de algo debiera servirnos la Rama es para reflexionar sobre la manera de cómo hemos ido digiriendo, transformando e incorporando, lo que en otros lugares se ha utilizado con fines diferentes y que en Agaete el sentido común, o el sinsentido, hizo que cambiásemos desfiles y fusiles por ramas para danzar y divertirnos en unos casos y con sentido religioso bajo la advocación de la Virgen de las Nieves en otros.
No me cabe la menor duda que esta Rama de hoy es heredera de rituales anteriores que evolucionaron en el tiempo y que lo evidencia la presencia de papagüevos, bandas de música, partituras, o la mejora de las comunicaciones tanto del transporte como de la innovación tecnológica que ayudan a perpetuarla. Nunca sabremos con certeza el momento en el que abandonamos la postura de Escarlata O'Hara en Lo que el viento se llevó, moviendo el culo tras el mostrador de aquel baile benéfico (ella) o dándole a la pata con disimulo desde la acera (nosotros), hasta lanzarnos a la calle y entregarnos a la danza como lo entendemos y vivimos actualmente. Lo que sí sabemos es que fueron los hombres y mujeres ligados a las faenas de la mar y alguna que otra por promesa, quienes salvaron el ritual con la venia de la autoridad competente en una época en que era mejor parecer gracioso que serlo. Seguramente sea ahí donde radique la grandeza de las cosas simples cuando los pueblos son capaces de darle un toque particular a lo común, hasta convertirlo en diferente y singular. Una cosa simple que en otros lugares las devora el tiempo, es hoy símbolo de identidad de un pueblo, Agaete y por extensión, de toda una isla, Gran Canaria.
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