CARLOS DOMÍNGUEZ URDIALES
Zafarrancho de combate en las guaguas insulares para que todo quisque tire civilizadamente para la Rama de Agaete.
Zafarrancho en Cruz Roja, y sus más que experimentados efectivos, para que todos nos divirtamos a sabiendas de que en caso de absurdo tropezón o repentina indigestión de líquidos de colores allí estarán ellos dispuestos a echar una mano.
Zafarrancho de combate en las casas de los irreductibles rameros, en las horas previas, preparando la mochila con una muda de ropa, una toalla por si se termina en el muelle, la botella pequeña de agüita para cuando las gargantas estén sequitas -pues no todo debe ser Tropical y Carta Oro- y el colirio para los que opten por la completa; esto último nada recomendado para cuerpos endebles pero sabrosa oportunidad de consagración para espíritus de amplio espectro lumínico. La completa: dícese de comenzar la enramada desde la tarde-noche del lunes, bailar la verbena con júbilo impetuoso durante toda la noche, esperarse a la diana de la Banda de Agaete, ir a buscar ramas al barranco, bajar la rama durante la mañana, echarse un caldito caliente, esbozar una sonrisa triunfal en los bochinches de salsa al son de Rubén Blades, cumplir las órdenes melódicas de la Banda de Agaete durante el resto de la bajada, perdonar más de un empujón involuntario, llegar a la playa, mojar la consabida rama, darse un baño reparador y caer en la cuenta de que, sin saber muy bien cómo, ya estamos en el martes por la tarde y está a punto de comenzar la retreta. Eso es la Rama completa, y sé de muchos que portan en su pechera imaginarios galones que premian la consumación de tan heroica gesta no uno, ni dos, ni tres años consecutivos sino muchos más.
Cruzamos los dedos para que no haga demasiado calor durante el día. Por imperativo físico, los descruzamos para terminar de escribir estas palabras.
Les espero en el Perola.