
Desde el este nacen las islas del levante canario. Fuerteventura y Lanzarote, Lanzarote y Fuerteventura, se mire por donde se mire, no son sólo las islas que más orientadas al oriente del Archipiélago se sitúan, sino que también, gracias principalmente a su escasa orografía, comparten rasgos que las diferencian enormemente de sus ínsulas hermanas.
Desde Órzola, el punto más septentrional de Canarias, si obviamos a la denominada octava isla, La Graciosa, con permiso de Venezuela, hasta Morro Jable, los paisajes de los malpaíses conejeros y las interminables playas majoreras convierten a estas dos islas en un particular paraíso irrepetible en el resto de Canarias, que consiguen atraer a locales y foráneos cada año que buscan la tranquilidad de Fuerteventura o la calidez de la árida tierra de Lanzarote.
Ennegrecida por la acción de los volcanes, la tierra de César Manrique, Goya Toledo o Rosana, entre otros a los que también se puede incluir al recién fallecido e hijo adoptivo José Saramago, acoge a los visitantes con el calor que desprende el interior terrestre. El Parque Nacional de Timanfaya, con un inmenso campo de lava solidificada y volcanes ahora inactivos, provoca en el visitante la sensación de encontrarse en el paisaje lunar que todos nos imaginamos, pero que nunca hemos visto.
El negro volcánico pelea con el blanco inmaculado de las casas que pintan aquí y allá algunas localidades del interior de la Isla. También lucha con el verde del Charco de los Clicos. Y sin olvidarnos del amarillo de la fina arena de playas como Caleta de Famara o Papagayo, esta última con sus poco más de 120 metros de largo.
A unos 15 kilómetros de allí, de Papagayo, en línea recta, y sólo separado por el Atlántico, se encuentra Fuerteventura, en donde el paisaje cambia por completo. El negro se vuelve amarillo. Las pequeñas calas lanzaroteñas se convierten en kilométricas rectas de arena de playas como Morro Jable, de más de cuatro kilómetros, o Cofete, que todavía mantiene el romántico aliciente de permanecer prácticamente oculto de la acción del hombre.
En Maxorata sus lugareños presumen de tener algunos de los mejores quesos del mundo, que nacen de la leche que dan las cabras majoreras que campan por unos tranquilos campos faltos de vegetación por la sequedad de la tierra isleña.

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