FÁTIMA MARTEL
El olor a quemado y las paredes teñidas por la ceniza no pueden ocultar la evidencia de que el jueves prendieron, junto a las llamas, los recuerdos de una familia que vivía en una humilde casa de las ramblas de Jinámar.
Carmelo y Pino, junto a sus tres hijos, son los habitantes del inmueble que, la mañana del jueves, despertó a todos los vecinos de la comunidad. Cuando comenzaron las llamas su hijo mediano, de 20 años y con deficiencias psíquicas, se encontraba en una de las habitaciones de la casa. Los comentarios sobre si el hijo de Pino se encontraba solo dañan a la familia, por lo que, angustiada y rodeada de escombros, Pino aclara que "nunca dejo a mi hijo solo, había salido un momento a la oficina de empleo". Carmelo no puede contener las lágrimas al pensar en lo que podría haber pasado. Que la casa no sea más que escombros no le preocupa, lo único que le angustia y que aún mantiene a su mirada confusa es la cercanía de haber visto peligrar la vida de uno de sus hijos.
Amigos y una familia unida no han parado de sacar escombros y picar paredes para arreglar las tuberías, la instalación eléctrica, el suelo y una larga lista de tareas que complica la situación económica de Carmelo y Pino, que no tenían la casa asegurada de incendios.
Pastelero de profesión, Carmelo endulza todos los días los hogares de la Feria, donde trabaja. Ahora espera, con la ayuda de las instituciones y el incondicional apoyo de su familia, levantar un nuevo hogar para seguir disfrutando de sus hijos y su mujer, "lo más importante de mi vida".
Con ojos tristes, pero esperanzados, Pino no tiene palabras para agradecer a las dos personas que sacaron a su hijo de la habitación donde se produjo el fuego. Dos héroes anónimos que no duraron en derribar la puerta para salvar la vida de un joven que hoy ayuda a rehacer la casa familiar.