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HEMEROTECA » |
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JUANJO JIMÉNEZ En 1965 abría Antonia Nicolau Sánchez una pequeña librería y perfumería en la plaza del Pino, en Teror. En 1972 le relevó su hija, Conchi Quesada, y con el tiempo donde antes eran libros y ungüentos el establecimiento se convirtió en una suerte de precursor del centro comercial moderno, pero en apenas unos metros cuadrados.
Conchi logró la magia de la ubicuidad de la materia. Usted entraba en el bazar y lo mismo se llevaba a la Virgen en un llavero que una caja de Kruger filtro azul, un ídolo de Tara, una botella de licor King Coco, o un quinqué, pero sobre todo una emblemática mantelería, da igual que de Ingenio, "la más cara", o de Taiwan, "con la etiqueta bien visible para que se supiera bien de dónde venía lo que aquí se compraba".
42 años después Conchi y su marido Juan Ortega Montesdeoca le han echado el fechillo al establecimiento. La plaza no luce igual. El visitante tenía en la recoleta tienda con su señero balcón de tea y aguas de tejas una postal, aparte de las que vendía con profusión en el propio bazar, en cuya fachada aparecían todas las cosas susceptibles de colgarse con un hilo y una alcayata.
Cierra Conchi con este cancelazo un formato del comercio tradicional en la villa y buena parte de este continente pequeño en forma de isla. Allí se iba la abuela a quedar con la nieta y el turista a guarecerse de un chaparrón inesperado, disimulando su presencia con un repentino interés por la calidad y costo de la mercancía.
Para la propietaria, todos, incluido el que sólo se acercaba a preguntar a qué hora abre la basílica, "era clientela selecta", que ella acrecentaba en la calidad con la conversa con la que remataba los encuentros. Visitas que incluían, recuerda la propietaria, el disponer de una suerte de convertidor mental de monedas automático: "mucha gente del campo sólo quiere los precios en pesetas"; o incluso de ejercer de centro de control: "Su hija ya está en misa".
Estas serán las primeras fiestas sin Conchi y la mantelería flotante que oreaba y ofertaba a la sombra del laurel de indias que preside y da zoco a la plaza, que se ha quedado sin las huchas de barro, las planchas de hierro, las tejas pintadas, la cerámica de frases: pedazos de Teror que a modo de recuerdo despachaba con palabras de regalo, y se hace ciertamente raro lo rápido que una jubilación deja al pueblo más huérfano de vida y de colores.
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