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AQUI AL LADO AGUATONA

El Caidero perdido

A medio camino entre Ingenio y Telde se encuentra Aguatona, un pago que recibe el nombre de la escandalera de una caída de agua que ya no está y que se encarama en una loma entre el barranco del mismo nombre y el del Draguillo

 
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Banda norte de Aguatona, en Ingenio, con la bahía de Gando al fondo.
Banda norte de Aguatona, en Ingenio, con la bahía de Gando al fondo.  ANDRÉS CRUZ

JUANJO JIMÉNEZ / INGENIO Aquí los que pueden regresan". Marina Romero tiene 25 años y viene caminando por la calle Adargoma de Aguatona, una loma que sobresale entre dos barrancos encuevados, el del Draguillo y el que le regaló el nombre al pueblo.

El pago, medio centenar de casas, construcciones que han ido fagocitando a las antiguas formando una ecléctica macedonia de añejas tejas y modernas azoteas planas, es un alto en un paisaje seco y ventoso que se encuentra a tiro de tosca entre Telde e Ingenio, villa a la que pertenece.

Visto de lejos hasta parece inhabitado. Y de más lejos aún no sorprendería que apareciera un prehispánico cogiendo caracoles o plantando un puño de lentejas, porque Aguatona, con sus caideros hoy secos, el tinglado de cuevas y su estratégica situación con toda la bahía de Gando al fondo, tiene toda la pinta de haber sido habitado desde que llegó a Canarias la primera pardela.

Las crónicas avalan la sospecha. No exactamente en el mismo emplazamiento actual, del que se tienen noticias desde el siglo XVI "como un cercado de parras y otros cultivos", según el libro Génesis y desarrollo de Ingenio... de Rafael Sánchez y Felipe Martín, pero sí en sus quiebros, como en Cuevas del Palomar, una auténtica comunidad de vecinos de los tiempos antiguos: o "el núcleo troglodita más importante de la Vega de Aguatona", como sentencia el segundo de los autores. Y, como el propio nombre indica, por falta de agua que no sea.

"Agua tona, o el agua que suena", explica Ana María Santana, nacida en el sitio, hermana de 13 hermanos, madre de 7 hijos, abuela de 13 nietos. Ana María relata la historia del antiguo caidero que hacía retumbar la loma y del desaparecido reloj que marcaba las horas de reparto, mientras recorta garrafas como el que pela papas. Hace trabajos manuales. Una inspiración de hace un par de años. "Reciclo", dice. Con botellas de leche y unos bombillos hace ángeles en su patio de helecha y ñamera. U ovejas: "Con una caja de chinchetas, una botella de calcio. Y mire las cuatro ubres, que son tetinas de insulina".

También hay un perrito armado con un bote de desodorante y unos hipopótamos de Actimel. Dice que ella no sabe lo que va a hacer, que de repente se le aparece el croquis "delante de mi vista" y rianga. Así logró el pueblo en 2007 el premio municipal a la mejor ornamentación navideña. Y eso que no tiene iglesia: "Hay un solar parroquial, pero la gente ya no está para misas, oiga", explica levantando dos enormes flores que antes eran garrafas.

Ni bar, salvo el local vecinal. Una tienda, "la de María de los Ángeles", una pequeña plaza, un taller, y huertas, decenas de huertas, unas con cebollinos, otras con papas y otras con granos completan Aguatona, que esconde sus mejores rincones en la parte alta, justo por donde venía Marina Romero. Por la ladera sur se intuye, entre un palmeral, por dónde bajaba aquél caidero casi mitológico. Romero recuerda de su abuela oírle cómo un temporal arrambló con un bosquillo que parió el barranco.

Y la pretecnológica Santana remata el pensamiento de que aquella fuente estruendosa "la robaron para Ingenio". Ya no tona nada allí, sólo la chiquillería que se baja de la guagua algo después del mediodía, también los gallos y sus parrandas de gallinas, los perros cazadores guardados en casetas soñando con conejos, las tórtolas, que por lo que se oye existen en cantidades de pandemia, y el aire, que mueve olivos, higueras, cipreses, aguacateros, granados, nispereros, palmeras, parras y ropa tendida, escorándolo todo a barlovento. Marina Romero no cambia Aguatona aunque se seque. No se quiere perder a estas alturas los zaguanes abiertos, ni los recuerdos de una infancia allí en la que no se supo nada de la Barbie -"nunca tuve una"- y que no es paga con moderneces y otros arretrancos con enfuche: "Es que si tengo un hijo no le compro ni la Play: mejor que se vaya a buscar caracoles".

Unos caracoles grandes, que no son los chuchangos del norte, y que en Aguatona se cogen ahora con el relente de otoño. Poco más abajo, Juani Peña, que supervisa el riego de macetas que Omar Penichet distribuye con la manguera en la mano, abre los ojos, mira al cielo y aquellas nubes que allí parecen que siempre tienen prisa y regala la receta: "En agua hirviendo, hinojo, ajo, comino, sal y pimienta..."

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