PEDRO SOCORRO / LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
Aquella mujer, vecina del barranco de Guayadeque, llegó sin resuello al pueblo de Agüimes, tres horas después del accidente. Eran las ocho de la mañana del sábado 21 de noviembre de 1921. Apenas podía hablar. La mujer portadora de la triste noticia declaró en el juzgado que serían las cinco de la mañana cuando oyó un estruendo tan fuerte que parecía que se acababa el mundo. Una parte del risco del barranco de Guayadeque se había venido abajo, obstruyendo la cueva habitación donde dormía Antonio López Bordón en compañía de su esposa, sus tres hijas y su hijo pequeño. Todos fallecieron.
El desplome de la cueva fue tan rápido que sus moradores no tuvieron tiempo para abandonarla con vida. Una montaña de escombros atrapó a las víctimas, como si de una sepultura natural se tratase.
Las señales de la tragedia no podían ser más evidentes. Todo eran escombros, ruinas, muertes... Además de la morada principal, el desprendimiento destruyó tres cuevas más, propiedad del matrimonio. Una de ellas, "El granero", servía a esta familia para guardar el queso y los granos recogidos de las siembras. Otra gruta horadada en la montaña era un dormitorio; y la restante estaba destinada a establo de animales.
Antonio López y Josefa Rodríguez Ramírez formaban una familia humilde y numerosa. Ocho eran sus hijos. Cuatro de ellos vivieron para contarlo: una hija ya casada, de nombre María; Santiago, que estaba en el cuartel en el regimiento de Infantería. En cambio, Bartolo y Antonio se salvaron de una muerte segura porque una hora antes de la tragedia abandonaron la cueva. Estaban ya sembrando trigo en un cercado de las Mesas de Morales cuando ocurrió el desprendimiento.
Un grupo numeroso de vecinos, con el alcalde de Agüimes al frente, Luis Artiles Castro, se encaminó a Cueva Bermeja para prestar los auxilios que fueran necesarios. También una pareja de guardias civiles, al mando del cabo José Serra, participó en las labores de rescate.
Incrédulos, sonámbulos, muchos de los vecinos que formaban aquella gran familia tenían la mirada extraviada, como tratando de asumir la verdadera dimensión de lo ocurrido. Ante sus ojos, una montaña de toneladas de piedras de una mole desgajada se esparcían donde horas antes convivía una familia llena de vida. Allí, al pie de un enorme risco de más de cien metros de altura, una brigada de hombres se afanaban con sachos y baldes para descubrir los escombros de la cueva.
Después de una labor activa, ruda y peligrosa, en torno a las 11.00 hora del sábado se hallaron los primeros cadáveres en el patio de la cueva. Eran dos hermanas, de 21 y siete años de edad, respectivamente.
La posición en la que se encontraron sus cuerpos hizo suponer a las autoridades que éstas pretendían escapar de la cueva cuando les sorprendió el derrumbe que las dejó sepultada. La hermana mayor quedó envuelta en una sábana como mortaja apropiada.
Los trabajos para extraer los últimos cadáveres se suspendieron al anochecer para reanudarlos con la luz del nuevo día. Josefa, la esposa, hacía el fatídico número cinco. Sin embargo, Diego, el más pequeño de la casa, fue el último en hallarse. "Por poco no dan con él", aseguran sus familiares. Habían comenzado a excavar más arriba, echándoles todos los escombros encima. Seis largos meses pasaron hasta que rescataron su pequeño cadáver. Los únicos supervivientes de aquel derrumbe ya histórico fueron una vacas y dos terneras que pudieron sacar de entre los cascotes, a través de una abertura que quedó en la cueva destinada a alpendre.