JUANJO JIMÉNEZ / TEROR
El Ferrari aborda la última curva que da entrada a la recta en tercera y en un par de segundos, después de meter cuarta, quinta y sexta el fotingo alcanza 287 kilómetros por hora. Todo tiembla, el auto es una tabla y el cockpit y el asiento, un auténtico Recaro, se clava a los huesos. El meneo no es de este mundo.
Cada bache empieza en el neumático y termina en el pomo. El volante amenaza con provocar un destuerzo. Ahora pasa de 300 y es hora de frenar. Sexta, quinta, cuarta, tercera, segunda, el morro se hunde, el pescuezo hace lo que puede y si los ojos se quedan en su sitio es porque vienen de origen embuchados al vacío.
Al terminar la siguiente vuelta se mete el bólido en boxes, se clica el ratón y se apaga el auto. Al bajarse del Recaro el cuerpo es plastilina, hace falta un clínex para despejar la pérdida de líquidos y al principio es un poco difícil dar pie con bola para mantenerse recto sobre el piso. No todos los días se acelera de 0 a 100 en poco más de dos segundos, y eso pasa su factura al entendimiento.
Ahí es cuando uno se apoya en el ropero sin entender muy bien cómo coño se puede ir a la velocidad del sonido y acabar con el chasis molido dentro de un cuarto de los trastos que se encuentra en el tranquilo pago terorense de Lo Blanco, y lo que es más alucinante, sin salirse de la isla, sin perder ni un punto y sin estamparse contra las cajas de agua que se encuentran detrás del monitor.
Así más o menos es un viaje en el Ferruje F-1, un simulador que empezó por un encargo del ingeniero, doctor en Telecomunicaciones y profesor de la ULPGC David Sánchez Rodríguez a Santos García Domínguez, carpintero metálico y cerrajero artístico. El primero estaba incómodo con los pedales y el volante que se había comprado para jugar a las carreras y encargó al segundo una cuna para colocar las dos cosas. Santos se enraló y propuso que aquello se moviera. David buceó en Internet y dio con el foro X-simulator, que ofrece un programa gratuito capaz de traducir lo que se ve en movimiento real.