JUANJO JIMÉNEZ
Aquí viene a trabajar gente de Gáldar, de Jinámar, de la capital, de Caideros..." Manolo Díaz, de 35 años, natural de Juncalillo, es panadero y está cuadrado: "Es que esto no es un panadería, compadre, esto es un gimnasio". Manolo, su hermano Quico y la esposa del primero, Noelia Sánchez, han revolucionado la histórica tahona de su padre, catalogada en la carta etnográfica de Gran Canaria y en la que llevan trabajando desde que tenían seis años.
A día de hoy, salvo los tupidos de chopa, no hay quien pase por los 1.260 metros de altitud a los que se encuentra el número 10 de la calle Obispo Marquina de Juncalillo, por la mañana completamente embrumado, y no esté a punto de riscarse contra las aceras del pueblo por culpa del golpe de aroma a pan que sale de donde Manolo y Quico, dos terremotos artesanos que de despachar exclusivamente por el entorno han pasado a producir 10.000 piezas diarias y, lo que es más imposible aún, amasadas a mano a golpe de toletazo.
"¿No le decía a usted que esto no era una panadería, sino un gimnasio? Somos habituales del masajista y el acupuntor", explica Manolo mientras le da fosnalla al horno donde prepara el pan de leña, el común, el integral, el de papa, el de huevo, el de millo y el de pasas y almendras, los bizcochos, el pan rallado y el bombón, "todo lo más natural posible, según la técnica de nuestro padre y que creemos era la forma de hacer pan en Valleseco. Ah, y sin conservantes ni colorantes. Porquerías ningunas. Además, fermentamos dos horas y media, nada de 15 minutos, así que aquí podemos entrar a las cinco de la mañana y salir al mediodía...", explica con la misma velocidad con la que produce panes. "El resto es el clima, el agua y que nos partimos el alma".
Un alma que tras el guineo hay que recomponer: "Escribo versos. Ya he publicado Memorias de un hombre olvidado en 2006 y ahora saco El labrador de versos. Lo que gano es para una ONG. Es que si se busca siempre hay tiempo para todo..."