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ANÍBAL RAMÍREZ - LAS PALMAS DE GRAN CANARIA. Más de 500 personas recibieron la pasada medianoche en el aeropuerto de Gran Canaria al último contingente de las tropas del Mando de Canarias desplegadas en Afganistán desde julio pasado para garantizar la celebración de elecciones en el país asiático. La sala de llegadas no comunitarias de Gando fue un 'volcán' de emoción y llantos.
Se acabó el tormento". Con esta frase, en medio de bocinazos, gritos, aplausos, resumía una madre el sufrimiento diario que han pasado las familias de los militares canarios desplazados a Afganistán en estos cuatro meses. "Fueron en labor humanitaria y en apoyo a las elecciones, y se encontraron con una guerra", asegura Micaela Hernández, residente en Playa del Inglés que junto a su familia espera en primera línea volver a abrazar vivo a su hijo.
"La muerte del muchacho (Cristo Ancor) me terminó de matar" añade. El fallecimiento del cabo de Escaleritas fue para estas familias un auténtico golpe que les desveló que su ser querido se jugaba la vida en cada desplazamiento que hacía fuera de la base de Herat.
"El peligro es ir y venir en las carreteras", asegura Eduardo Martel Ruiz, mientras confiesa que su hijo no estaba preparado para ir a una guerra. "Viene marcado. Ya no es el mismo. Ahora me dice que quiere pasar más tiempo conmigo". Y se repite el episodio maldito de la trágica muerte de Cristo Ancor "Era amigo de mi hijo y yo lo conocía de vista. El jueves y el viernes no pude ir a trabajar. Fue muy fuerte y me lo pasé llorando".
Los mandos militares empiezan a aparecer en la sala de llegadas no comunitarias de Gando, atestada de nervios y ansias. Los más retrasados llenan también la calle de afuera junto al parking. Y el medio millar de personas se convierte en un ente vivo que exhibe pancartas y globos de bienvenida, grita, canta y hace sonar las bocinas. "De aquí para el Estadio", gritan al fondo para pasar a cantar el Pío, Pío.
"Fatal, pero esto es así", manifiesta resignada María González en medio del creciente bullicio. "Si por mí fuera no lo dejaría ir a otro sitio como Afganistán, pero a él le gusta ser militar. Lo lleva en la sangre". La emoción se desata y padres, madres, esposas, hijos, novias, hermanos y tíos se abalanzan sobre sus seres queridos en un mar de llantos que se repite a cada salida de la zona de equipajes. Una bandera canaria ondea y entre el amarillo, azul y blanco se lee Cristo Ancor en nuestros corazones.
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