JUANJO JIMÉNEZ
Primero fue un ruido distinto. Un silbido de aire. Y por fin el viento del Cañaón". Lo siguiente fueron las piedras corriendo delante del agua. Primero arrastró un garaje con un coche dentro, el de Felipín y Paco Pérez. Luego la carpintería de Ismael y el coche de su hijo. Más un furgón. Luego el coche de Dolores..." Sila García espera a que la retroexcavadora retire unos teniques que cortan el paso de la carretera principal de Tasarte. Nadie ha visto y oído algo igual. "De los antepasados sí que se nombra un corrimiento de tierras, pero lo del lunes por la tarde es lo no visto".
"Todo vino del barranco del Galgar, por el Cañaón. Antes, cuando llovía, el agua no bajaba hasta después de dos días. Limpita, filtrada", señala Sila. Esta vez no. El lunes, a las 18.45 horas, cayó sobre la cabecera del Galgar el equivalente a muchas piscinas olímpicas en 10 minutos. Desmadejando el mundo. Tupiendo el risco. Reventándolo. Infestándolo todo de barro. Palmeras del siglo XVIII se convirtieron en arietes. Y las enormes toscas en callaos. El resto fue desolación y miedo. Miedo a la potencia escondida de una naturaleza que allí, hasta el lunes, parecía mansa y quieta.