P. S.
Daban las diez de la mañana del domingo 7 de agosto cuando en la casa de María Luisa Pospó se instaló la capilla con las cuatro velas ardiendo. Y el rostro que había sido de una mujer viva y despierta había adquirido una vuelta reposada y suave. "Su semblante es plácido, sin que denote que tuvo sufrimientos antes de morir, lo que hace creer que no se dio cuenta del tiro que la mató", relataba entonces el periodista de La Provincia que acudió a la casa mortuoria. Parecía como si allí, en la caja, Pospó se sintiera ya en el lugar que le correspondía como muerta.
Ese día, el pueblo de Firgas acudió en peso al velatorio en una apretada y conmovida procesión floral. Los vecinos inspiraban un sentimiento de misericordia, mientras las mujeres, vestidas de riguroso luto, rezaban el rosario en sillas alineadas junto a la pared.
La fallecida había sido una persona muy estimada en el pueblo. Era natural de La Aldea, pero desde que se casó residía en Firgas, en donde se había ganado el aprecio de sus vecinos.
El pueblo supo allí cómo sucedieron las cosas y allí se enteró también de que don Benito expiraba las últimas horas de su vida en una cama del Hospital San Martín.
Antes de los disparos, don Benito comenzó a creer que la salvación de su hogar estaba en una sesión de espiritismo. Y hasta allí llegó un espiritista que tras "una ceremonia grotesca, misteriosa, en la que se usaron vasos de agua y hierbas", concluyó que allí no había demonios, sino que la pobre mujer estaba trastornada".