EL SILENCIO DEL SANTO CIELO

 

JUANJO JIMÉNEZ Oye Juan, ponme el caldero al fuego, mi niño". Tienda Silencio. Doce y cuarto del mediodía. Flora Vélez López, abuela de 18 nietos y nueve biznietos sale al empedrado de la minúscula plaza del pueblo por la puerta verde de su casa. Da nueve pasos y se mete por la puerta también verde del despacho, montado dentro de una vivienda a dos aguas con la cubierta interna forrada de teílla, un mixturado de astillas de tea liado por un albañil a mitad de la década de los 60..., del siglo XVIII.



Dentro, en la sombra, Flora Vélez López se sienta despacio. Le duelen las piernas de 82 años andando. Todo va tan quieto que del caldero ya sale el vapor de sancocho. "No se oye una mosca: por eso le pusimos Silencio".



Internamente sí, pero fuera no. Al oreo mandan dos rumores principales. Uno grave de fuerza, que llega del tronco del barranco de Santa Lucía con agua bajando farruca hasta La Sorrueda; y otro como de cernir, montado por la brisa que mece las palmas de las diez mil palmeras que esconden El Ingenio. Acompañan a los dos instrumentos un coro compuesto por pintos, capirotes, canarios de monte, mirlos, tórtolas de aquí y de África, linaceros, gallos, gallinas y cotorras argentinas.



Opera de contrapunto el solista: un burro que cada cuatro tiempos se cree una tuba, con rebuznos que retumban por la selva de olivo y palmita, atravesando a las personas que plantan y recogen papas, a las arquetas, los nacientes y estanques, a las cancelas camufladas en geranios, a los túneles de tuneras, a las azoteas que se confunden con el piso y a las diminutas calles de esta especie de ilustración antigua y animada en tres dimensiones.



Ahora Flora resume el estado de cosas en El Ingenio: "Estamos en el santo cielo. Justo donde estoy y con justo lo que tengo, quiero terminar mis días". El cielo, versión Tirajanas, está a 680 metros de altura, huele a cítrico y en general, una vez procesado el aluvión de sensaciones, cría endorfinas a la visita con un regusto que aturde y que dan ganas de agarrar, de sisarlo en el portabultos, si cupiera.



La leche, El Ingenio. Zoilo Hernández Pérez, 38 años, comanda una peonada con el espinazo partido sobre los surcos. 90 sacos de papas de semilla le dan al medianero Hernández de entre 35.000 a 40.000 kilos de zafra. Zoilo es de Los Tabucos, pago que linda con El Ingenio, igual de agraciado, como también lo son El Valle, La Montañeta o El Mundillo, una verbena de vericuetos, partonsas y huertas de guayabo, níspero, naranja, limones, papayas, mangos, cebada, calabaceras, judieras.



O de la rara aceituna Verdial de Huévar, importada en el XVI y hoy niña mimada de La Caldera de Tirajana con moliendas anuales de hasta 115.000 kilos en la almazara que se levanta a pocos metros del Silencio, la tienda.



Se podría suponer a Zoilo embostado por 32 años delante de la misma pintura. Pero no. "El Ingenio es El Ingenio y hay que verlo para entenderlo. Mire qué casas", dice empezando a caminar y dando remorque. "De un tiempo a esta parte se han pintado, arreglado, techado y ahora existen por esta caldera unas 30 casas rurales". Se apoya en un murete y se asoma en lo que en sus siglos fue una gallanía. "La piscina", explica delante de un fantástico pabellón que termina por rematar el panorama, "y no lleva cloro, se trata con sales"...



Una hora más tarde, de vuelta a El Silencio, las papas están sancochadas y el pescado también. Desde la última tormenta no había bajado el hombre del pescado. A Flora el dato ni le enfría ni le calienta.



Informa que de chica, "de tiempos de los antiguos testamentos", el padre subía a la cumbre a buscar papas. Lo que no dijo es que de noche bajaba con mechones empapados en brea. Y si la brea se acababa cogía la goma de los zapatos y las prendía en el palo.



Zumo de luz, se le llama a eso. Y zumo de ojos lo que hacía Flora, estrujándose la vista con lecturas de dos horas diarias a la lumbre de un quinqué de keroseno que le maquillaba de carboncillo la cara. Y hoy sigue leyendo.



Oteando el cuarto se descubre que aún vende quinqués. Están colgando de las vigas, encima de una botella de Nik de fresa.



Sólo multiplicando dos horas diarias de lectura, sumadas a casi un siglo de memorias elevadas hasta el "cielo" de su Ingenio, se entiende por qué Flora Vélez López cuando habla, es que no habla: ilustra. Y cuando Flora ilustra no se oyen ni las moscas, que era el motivo inicial de por qué su tienda se llama Silencio.


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