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JESÚS MONTESDEOCA
Los análisis genéticos de los 24 cuerpos exhumados en el pozo del Llano de las Brujas no han permitido identificar a los desaparecidos por falta de muestras de ADN de los familiares adecuados, aunque ya se ha encontrado la secuencia genética de todos los cadáveres rescatados y sólo será cuestión de tiempo saber quiénes murieron en Arucas el 19 de marzo de 1937, hace hoy 73 años.
José Juan Pestano Brito, doctor del Servicio de Genética Forense de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, hizo estas revelaciones en las IV Jornadas de la Memoria Histórica de Canarias, fruto de meses de investigaciones con los restos recuperados en el pozo y el ADN de familiares de desaparecidos durante la represión franquista.
Los familiares tenían la esperanza de que ayer se confirmara la identidad de algunos de los cuerpos encontrados en Los Llanos de las Brujas, pero tras las explicaciones de José Juan Pestano aseguraron que no están decepcionados y que seguirán esperando pacientemente los resultados, pues coinciden con el científico en que no se debe certificar la identidad de ninguno hasta que exista una certeza del cien por cien.
Pino Sosa, impulsora de la Asociación de la Memoria Histórica de Arucas (AMHA), lleva media vida esperando la confirmación de que el cuerpo de su padre, José Sosa Déniz, es uno de los que se exhumaron en el pozo, tal como le contó su madre desde niña. Una hora antes de la conferencia de Pestano admitía que tenía un gusanillo en el estómago, pero encajó la noticia con tranquilidad.
PACIENCIA. "No estoy triste ni decepcionada, estamos cumpliendo nuestros objetivos y seguiremos teniendo paciencia", señaló Pino Sosa tras saber que todavía no ha sido posible una identificación total de los restos. En el mismo sentido se pronunció Balbina Sosa, otra de las promotoras de las excavaciones para recuperar los cuerpos de los represaliados del franquismo.
Los datos aportados ayer por Pestano se suman a otros descubrimientos desvelados estos últimos días sobre lo que ocurrió el 19 de marzo de 1937 y en días sucesivos. Los estudios arqueológicos y bioantropológicos confirmaron la existencia de 24 cadáveres, todos varones, que fueron asesinados y lanzados al pozo en dos tandas. En la primera ejecución murieron catorce, la mayoría de ellos de varios disparos en la frente, la nuca o en lo alto de cráneo, en lo que la arqueóloga Verónica Alberto definió como un asesinato "con violencia extrema, brutalidad y sadismo".
En la segunda matanza, posiblemente "uno o dos días después", según el historiador Sergio Millares, murieron los otros diez, el 80 % de ellos de un solo disparo en un lateral de la cabeza, lo que hace pensar que estaban atados e inmovilizados.
Las pruebas encontradas en el pozo también señalan que en la matanza se utilizaron hasta siete armas de fuego distintas y que algunos de los desaparecidos fueron torturados en las horas previas a la ejecución.
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