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M. PINO PÉREZ El carnaval de Maspalomas ya tiene sardina. Al ritmo de la música y animados con ron, un equipo de especialistas mantuvo las constantes vitales del arenque con remojos en la orilla. La liberación despertó del letargo a los turistas. Una vez en tierra hubo ropa vieja para todos.
El rescate de la sardina del Carnaval de Maspalomas no es precisamente una fiesta de participación popular, y desde sus comienzos, en los 80, se hace para llamar la atención de los turistas que pululan por las playas. La liberación del pescado comenzó ayer a las doce y media del mediodía en la punta de Maspalomas y, una vez ubicado en su cesta, sostenida en el techo de un jeep, inició su periplo por la orilla con sonidos pachangueros. Para que el arenque resistiera el calor, que ayer se tornó más bochornoso debido a la calima, un equipo de especialistas, ataviados con uniformes hospitalarios, lo remojaba en el mar de vez en cuando.
Este espectáculo carnavalero sacó de hamacas y toallas a los turistas. Algunos se sumaron a la fiesta. Eran los que menos. La mayoría se conformaba con capturar la instantánea y, cómo no, un vasito de ron, para continuar luego tostándose al sol.
Como apuntaba José Martín, se trata de que los extranjeros conozcan algo del carnaval del Sur. Este vecino de San Bartolomé de Tirajana, que participa en la organización de este evento desde los inicios, comentó que hace años se sintió muy feliz cuando estaba en un restaurante en Noruega y un camarero le mostró fotos del rescate de la sardina de Maspalomas. También Reyes Sánchez coincidía en que esta fiesta hay que mantenerla por los turistas.
Precisamente ayer se celebraba en este municipio el Día del Turista, y era festivo. El homenaje a los huéspedes del Sur consistía en una invitación a comer ropa vieja, pan y plátanos. En los aparcamientos del Anexo II de Playa del Inglés aguardaban los extranjeros a que el arenque llegara para que comenzara el reparto del condumio. Antes, el equipo sanitario intervino a la sardina, que llegó exhausta y muy bronceada.
Faltaban quince minutos para las tres de la tarde cuando los miembros de la Asociación Mojo Picón (cocineros y gobernantas de San Bartolomé de Tirajana) empezaron a distribuir los 2.500 plátanos, panes y ropa vieja para 3.000 personas. Benito Benítez, presidente de esta asociación, explicó que primero se distribuía paella, pero se decidió que el turista debía probar comida de la tierra.
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