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JESÚS MONTESDEOCA Pepe, Nereida y Manolo bien podrían representar a los tres principales arquetipos del ramero: el que lleva el ritual en la sangre y lo intenta preservar en toda su pureza; la que vive la Rama desde niña por la cercanía; y el que un día acudió a la fiesta por casualidad y se quedó tan maravillado que cada año reserva estos primeros días de agosto para disfrutar de la fiesta veraniega más emblemática de Gran Canaria.
La participación de Pepe Bolaños en la Rama es más bien una heroicidad. Él es uno de los pocos, no más de una treintena de hombres, que aún van a buscar los pinos, brezos, eucaliptos y poleo al Pinar de Tamadaba. Cargados con enormes hatos bajan caminando, casi corriendo, hasta el pueblo, donde bailan la Rama. Después siguen hasta la ermita de Las Nieves y de allí al mismo borde del mar, donde golpean con fuerza el agua para invocar la lluvia.
Pepe cree en el ritual aborigen, pero también sube a Tamadaba por devoción religiosa a la Virgen de las Nieves. En el año 1993 le operaron del corazón y prometió que si salía bien del quirófano iría cada año a depositar su ofrenda vegetal a la patrona. "Con éste ya son diecisiete y seguiré subiendo al Pinar mientras tenga fuerzas", comentó ayer durante en un descanso a la sombra, donde comprobó que la caminata había destrozado sus pies. Unos algodones fueron la improvisada solución para recorrer el último tramo hasta la playa.
Pepe, de 48 años, pidió la semana libre en su empresa, una fabrica de pintura de Santa María de Guía. Tras pasar la noche con sus colegas de Agaete y del Valle por las calles del pueblo, bailó la Diana desde las cinco de la madrugada hasta que acabó. A las siete y diez le esperaba un taxi en la Cruz Chiquita para subir a Tamadaba. Llegó allí pasadas las nueve de la mañana, recogió sus ramas y a las once y media ya estaba en pueblo, junto con los demás rameros. "Lo peor ha sido el calor, demasiado fuerte para caminar", añadió. Pese a los dolores, a las cinco de la tarde pagó su promesa a la Virgen, descansó un poco y a las diez ya estaba en la Retreta para rematar el trabajo.
Nereida Mendoza eligió una opción menos sufrida, pero a media tarde ya mostraba los signos del cansancio tras 24 horas sin pegar ojo. Esta trabajadora municipal de 31 años de edad también guarda sus vacaciones para agosto y acude desde los altos de Gáldar a Agaete para estar con la familia y, por supuesto, para bailar la Rama hasta que las piernas digan basta. Como muchos vecinos de la zona, cenó en Ca' Pepe, dio una vuelta por la fiesta de Ca' Benjamín y después esperó el inicio de la Diana en los alrededores del Bar Perola, lugar favorito de los rameros más veteranos.
La Diana le agobió un poco y se quedó a un lado a mitad de trayecto. De siete a nueve volvió a la plaza de la Constitución, donde una batucada acompañó la amanecida. A las nueve se dio una ducha, desayunó, y las diez ya estaba otra vez en la plaza para ver salir la Rama. Tras un baño en la playa y un descanso, a las diez ya estaba lista para seguir la Retreta.
Manolo Punzi, profesor de educación física, descubrió la fiesta hace cinco años y desde entonces no ha faltado nunca. Acudió a Agaete con varios amigos, pasó la noche entre los bares del pueblo y los chiringuitos del barranco, un sitio que no recomienda porque hay mucha testosterona suelta. Cuando acabó la Diana se encontró de pronto en la casa de unos amigos del Valle. "Hicimos un asadero a las siete de la mañana", comentó aún perplejo.
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