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Sancocho con gusto

La escuela rural permite a los más pequeños conocer su entorno y la forma de vida

 
Sancocho con gusto
Sancocho con gusto  


J. BOLAÑOS
GÁLDAR
Huevo duro, pella de gofio, pescado, papas arrugadas y hasta tortilla con miel, rociado con mojo rojo, al que no le faltó el refresco para saciar la sed. Las Medianías vendió ayer cientos de bandejas de sancocho canario para que la Fiesta de La Lana cumpliera con todos los trámites de canariedad, coincidiendo con el 30 de mayo.

Caideros está volcado en la difusión de esta fiesta, enraizada con su cultura y las raíces socioeconómicas, alcanzando una amplia repercusión exterior, a pesar de la competencia que le surgen de forma ocasional en otros lugares de la Isla.

Sin embargo, nadie mejor que estas personas con callos en las manos de labrar el campo y ordeñar sus animales para dar a mostrar sus conocimientos, que aprenden a digerir casi desde la cuna y llevan ya en la sangre. De ahí que no sea sorprendente cómo personas como Benito Mendoza lleguen a constatar si el matarife de una oveja supo matarla o no, solo con degustarla y comprobar la ternura de la carne. "Esto hay que mamarlo", recalca Mendoza.

Y, para ello, lo mejor es aprenderlo en la infancia. Por tanto, no resulta extraño que en la escuela rural de la zona se aprenda desde pequeño todas estas tradiciones, que le permiten conocer mejor su entorno y saberlo defender ante el mundo urbano.

Empeño familiar

Y ni siquiera un ligero corte que sufrió en su dedo durante la trasquilada el pequeño Carlos Mendoza le amedrenta para seguir sacándole la lana sobrante a la oveja. Forma parte de esta dura forma de vida. Para lograr su continuidad, muchos padres ponen todo su empeño, como es su caso. Juan Carlos Mendoza le dirige cada una de las tareas que va realizando, corrigiendo su posición para lograr el mejor corte, al mismo tiempo que explica cómo han transformado las tijeras a su forma de trabajar, para que sean ligeras y corten.

El trabajo hecho a mano y con esfuerzo tiene aquí más valor que en ningún lugar. Eso no significa que obtenga sus frutos. Un grupo de hilanderas, que se conocen desde niñas, escaldan y realizan todas las tareas para convertir la lana en vestimentas. Pero su labor es casi testimonial, casi de exhibición. Como ellas mismas dicen, ya ni se aprovecha la propia lana de las ovejas de la tierra, cuando menos se confeccionan este tipo de trajes. Pero eso no les quita el empeño. Como tampoco al resto de artesanos que se afana en sacar el trabajo adelante.

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