La finca de los sabores del campo

La explotación agrícola de Lomo Espino usa métodos ecológicos y biodinámicos en los cultivos de hortalizas

13.10.2014 | 00:20
Francisco Armas muestra algunas zanahorias cultivadas en la finca.
Francisco Armas muestra algunas zanahorias cultivadas en la finca.

Lechugas de seis variedades, calabacines grandes como puños, zanahorias con olor, color y sabor a zanahoria son algunas de las razones que hacen de la finca Lomo Espino La Zanahoria un lugar que recuerda al campo de antes. Naturaleza en estado puro, sin pesticidas o plaguicidas que apestan a química, han hecho de esta finca ecológica y biodinámica un negocio sostenible que sus gestores iniciaron hace tres años y cuyos resultados se ven reflejados en la gran acogida de los clientes en sus tiendas en Las Palmas de Gran Canaria. Ahora hacen venta directa los sábados y actividades infantiles.

Francisco Armas y Rosa Campos llevan 20 años como agricultores ecológicos, con unos inicios en una finca de Valsequillo de 5.000 metros cuadrados. En agosto de 2011 comenzaron un nuevo proyecto en Lomo Espino, en una explotación de 150.000 metros cuadrados, de los que tienen 30.000 cultivados. Son, junto a Manuel León, que viene del tomate, los gerentes de esta explotación, que cuenta con cuatro trabajadores, de Mali y canarios.

Sin embargo, La Zanahoria no es una finca agrícola al uso, no solo por su actividad ecológica y biodinámica, sino porque también sus impulsores tienen otros proyectos en mente. Entre ellos, la puesta en marcha de la venta de sus productos los sábados, de 10 a 14.00 horas, con unos precios competitivos: lechugas a 89 céntimos; espinacas a 39 céntimos o zanahorias a 2,63 euros el kilo, entre otras joyas de su huerta o su presencia en el mercadillo agrícola de la Granja del Cabildo. También abren sus miras a la enseñanza, a la pedagogía, con talleres para niños los viernes y sábados, de entre 5 y 9 años, a quienes se les enseñarán el amor a la naturaleza, "para que aprendan y aprecien cuidar el medio ambiente", explica Francisco Armas mientras muestra una pequeña estancia destinada a esta singular aula de la naturaleza. Están a la espera de un proyecto educativo para empezar las actividades, donde el arte, la pintura en concreto tiene cabida con la idea de pintar los diferentes colores de la finca durante el año.

Asimismo, esta explotación agrícola también está abierta a visitas de centros escolares y de escuelas taller de agricultura, para que sus alumnos vean sobre el terreno no sólo hortalizas, sino animales de campo, con gallinas, cabras, ovejas y cochinos negros. Toda una clase práctica sobre cómo llegan los alimentos a la mesa.

Un paseo por la finca Lomo Espino, situada cerca del barrio del mismo nombre en la antigua carretera de Telde a Ingenio, es observar los incontables surcos labrados para plantar las hortalizas que luego venderán en sus dos tiendas de Las Palmas de Gran Canaria, a las que van la totalidad de su producción. "Llevamos a los puntos de venta todo recién cortado para atender las demandas de nuestros clientes, que valoran la frescura de éstos", apunta Rosa Campos.

"Cuando empezamos con la agricultura ecológica y vimos sus posiblidades teníamos claro que tarde o temprano tendríamos que pensar en puntos de venta. Al principio vendíamos debajo de un laurel en el Pueblo Canario a un grupo pequeño de clientes, y se llegaron a formar colas para comprar verduras nuestras y de otros agricultores que vendíamos".

Visto el éxito, el paso siguiente fue la fundación de su primera tienda, que situaron en la calle Carvajal de Las Palmas de Gran Canaria en octubre de 1995. Más tarde pasaron a Ángel Guimerá y crearon otra en la calle Galicia, también en la capital insular. En la actualidad cuentan con la de la calle Galicia y otra en Luis Doreste Silva.

La superficie cultivada -30.000 metros cuadrados- ha sido una ardua labor en estos tres años. "Nos decidimos por esta finca porque tenía un pozo con agua y era ideal para comenzar nuestro proyecto, pero el pozo se secó muy pronto y hemos tenido que traer agua de otros sitios", señalan Campos y Armas, que recuerdan los comienzos en Lomo Espino. Eran unos terrenos muy pobres en materia orgánica, de poca fertilidad y que necesitaban muchos arreglos, afirman mientras contemplan los resultados del esfuerzo realizado. "Los terrenos se han ido reparando con los compos biodinámicos, con estíercol de cabra, de vaca, de ganado saneado y con el uso de preparados biodinámicos como el de boñiga y de María Thun", apunta Rosa Campos mientras saluda a Manuel León, que fumiga zonas de cultivo junto a un trabajador. Aunque fumigar en La Zanahoria no es echar química a lo bestia. Aquí lo que se estila es acabar con la plaga con la elaboración de purines de cola de caballo y consuelda y con preparados de ortigas y cebollas.

Para Rosa Campos, con la idea de la salud del suelo se recupera no solo su fertilidad, sino la salud de lo que se siembra, de los diferentes colores que generan las verduras, usando las rotaciones de cultivos muy potente, "no plantando la misma planta en el mismo sitio". Tomates, lechugas, calabacines, puerros, espinacas, zanahorias, colinabos, rabanito, habichuelas, papas y otra importante cantidad de hortalizas que en otoño se incrementan con la plantación de brécoles, diversas variedades de coles, acelgas de color, hierbas aromáticas, siempre frescas y gustosas. Ahora han comenzado a plantar flores como topete, calendas y cosmos, así como fresas para ampliar más su ya amplia oferta agrícola.

¿Se puede vivir de la agricultura ecológica y biodinámica? La respuesta es afirmativa por parte de Rosa y Francisco, quienes aseguran que es una actividad en ascenso, pese a no contar con ayudas de las administraciones. "Hace años daban subvenciones, pero ya no, pero no deja de ser una actividad sostenible, que deja rentas y además mantiene el respeto al medio ambiente", afirman.

El nombre de la finca viene de su agricultura ecológica y biodinám ica, basado en el ciclo de la luna. Pero no hay que engañarse, el satélite de la Tierra, dicen, no es quien arranca las malas hierbas o hace los surcos en el terreno. "Esto es un trabajo duro, que te hace tener dedicación plena porque siempre surge algo que hacer. Nuestros trabajadores sí tienen un horario laboral, empiezan a las 7.30 horas y a caban a las 15.30 horas e intentamos crear un ambiente de trabajo en el que todos estemos contentos con lo que hacemos porque se hace con más dedicación e ilusión", aseguran.

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