GREGORIO CABRERA
Lo que queda es un esqueleto de madera y memoria. El desguace de un barco es también el desmontaje de una historia, el encallamiento definitivo de una batalla diaria por la supervivencia que, en el caso del Siempre Gure Lorea y el Tenderete, ha durado alrededor de tres décadas. Pero se puede luchar con mayores garantías de éxito contra las tempestades que frente a las deudas y la falta de apoyo por parte de las administraciones. Por eso, los armadores desguazan y olvidan.
El desmantelamiento de estos dos atuneros reduce de nueve a siete las unidades que integran la flota con base en el Puerto de Naos. Salvador Toledo, patrón mayor de la Cofradía de Pescadores, avisa: "El próximo año puede haber más desguaces. Esperemos que mejore la cosa... Estamos pendientes de ayudas de la Administración, porque hay que tener en cuenta que estamos parados prácticamente de noviembre a marzo o abril", expone. También están a la espera de que las administraciones española y portuguesa alcancen un acuerdo que permita a los barcos adentrarse en aguas de Madeira y Azores. "Allí hay pescado", asegura Toledo. De hecho, el pescado, aunque todavía se muestra huidizo, lo han localizado en las inmediaciones de Madeira, a novecientas millas.
Tomás se encarga del desarme del Siempre Gure Lorea. Al otro extremo de la bahía, en el varadero, se levanta la figura del Tenderete. Este último será hundido frente a Puerto Calero. El primero, a la altura de Costa Teguise. De ser perseguidores de atunes pasarán a ser criaderos de peces. La mar es su destino, tanto en vida como en muerte, tanto en la superficie como bajo ella. El océano les aguarda igual.
Junto al Siempre Gure Lorea está amarrado el Nuevo Ave María, recién llegado de alta mar. Las caballas, el cebo vivo, dan vueltas en los tanques, como pensamientos obsesivos. "El futuro nunca me lo he planteado. Hay que echarle una sonrisa a la vida". Pablo Cañada, miembro de la tripulación, encara con esta filosofía el día a día. Su rostro lleva impresas las miles de jornadas de sol, viento y salitre. Los barcos son desguazados. La memoria, no. El pundonor de los pescadores, tampoco.
Durante décadas, el Puerto de Naos de Arrecife sonaba a carpintería de ribera, al ruido de los camiones que iban a la descarga de la sardina y el atún, al aullido de las bandadas de gaviotas. Estos pájaros ya casi ni se ven. Se han tenido que mudar a los vertederos. Actualmente, al menos durante los últimos días, tan sólo se escucha el martilleo sordo contra el casco de madera para apartar las piezas metálicas que pueden tener alguna utilidad. De nada le servirían a Neptuno.