GREGORIO CABRERA
Al final de la avenida de arena, un pelotón de turistas se agolpa a la puerta de la iglesia de Caleta del Sebo. Hacen cola para fotografiar a la Virgen del Carmen, posada sobre una barca. Al concluir la visita, que forma parte de la excursión guiada por La Graciosa que parte de Órzola, al norte de Lanzarote, el grupo enfila de nuevo hacia el puerto con rumor de rebaño en sus pisadas. De camino pasan por delante de un pequeño supermercado. En su interior, con camisa de color rojo, la propietaria clava la mirada en las teclas de la máquina registradora para facturar dos botes de salchichas grandes, un kilo de arroz y un paquete de galletas. Acto seguido, con gesto pausado, Margarona, la propietaria y alcaldesa pedánea hasta el pasado lunes, teclea, alza los ojillos sobre sus gafas, recoge el dinero y da las vueltas.
"Seguiré ayudando a la gente en lo que pueda. El que lo necesite, aquí tiene a Margarona". A partir de ahora centrará sus esfuerzos en su negocio y en la familia. "Los he tenido abandonaditos..." La cliente, antes de irse, sale en su defensa: "A pesar de los pesares, me hubiera gustado que hubiera seguido. Y encima echarla ahora, que le quedaba año y medio para jubilarse y lo podía haber hecho con sueldo de político..." Fuera, en el universo de seiscientas personas de La Graciosa, doblan las esquinas comentarios de toda índole tras el relevo de Margarita Páez después de 30 años como representante del Ayuntamiento de Teguise y su sustitución por Domingo Cejas (CC) tras la moción de censura al PIL. Pero, en esencia, los gracioseros siguen preocupados por las cuitas de siempre.
Dos cafés para el fondo de la barra, unas cervezas por aquí, dos bocadillos de corvina... Todos servidos. Benito Hernández Luzardo, camarero del restaurante El Varadero, tiene la teoría de que "La Graciosa es el sitio más chico y con más leyes del mundo", en referencia al Parque Natural y a la Reserva Marina, entre otras, así que opina que, esté quien esté, esto hay que cambiarlo. "Te pones a leer el Plan Rector y te vuelves loco. ¡No se lo lee ni el que lo escribió!", clama. Ni a 20 metros del local, Roque Toledo González y Mariano Morales afrontan la cuestión del cambio de rumbo mientras los barcos entran y salen del muelle. En uno de ellos parten los visitantes, algunos de ellos revisando satisfechos en sus modernísimas cámaras las fotos de la patrona del mar. "Yo lo veo normal. Contra eso no podemos ir", razona el primero, que agrega de inmediato que "lo que hay que conseguir es que dejen pescar a los jubilados". "Claro que es igual", asiente Mariano, que, interrogado sobre la actualidad insular, apunta que lo ve todo "feísimo".
"Recuerdo que me tocó ir un par de veces a Las Palmas para sacar el muellito este", explica Luis Toledo, la persona a la que sustituyó Margarona. "Abandonaba el negocio que tenía ella y cuando yo me iba a la mar ella era la que se quedaba de encargada", recuerda precisamente sobre la explanada del puerto de Caleta del Sebo.
El actual responsable de la Cofradía de Pescadores, Rafael Hernández, piensa así: "Ahora, la única autoridad aquí es el guardia municipal". Benito viene de camino, hacia la mesa, con el trago para Rafael.