GREGORIO CABRERA
La memoria de Lanzarote es salada. Lo demuestra su historia, ligada a la industria de los salazones y a la pesca en Berbería, y el hecho de que un total de 26 de los sesenta complejos salineros de Canarias se localizan en la Isla. De ellas, la mitad se encuentran dentro de los límites del municipio de Arrecife. Pero ni el recuerdo de la sal se conserva en condiciones. La mayor parte de las salinas de la capital están abandonadas y semiderruidas a pesar de haber sido declaradas BIC (Bien de Interés Cultural). En realidad, tan sólo una parte de las Salinas de Janubio (en Yaiza), y la de los Hoyos en Guatiza (Haría) mantienen una cierta actividad. Pero es en la capital donde el desmoronamiento se hace más evidente.
Una exposición sobre el mundo de la sal en Lanzarote que se puede visitar en la terminal de vuelos interinsulares hasta finales de septiembre, organizada por la Orden del Cachorro, llama la atención sobre el valor etnográfico y patrimonial de las salinas y hace un llamamiento en favor de la conservación de estas estructuras. Algunas, como las que se localizan en los alrededores del muelle de Los Mármoles, datan de los años treinta.
Sin embargo, fuentes oficiales consultadas por este medio apuntan que la mera catalogación como bienes de interés cultural no sirve de mucho en la práctica, pues la titularidad de la práctica totalidad de ellas continúa siendo privada. Según ha sabido este medio, los precios que reclaman los dueños son excesivos para el Cabildo, que sí estudia adquirir por cuatro millones de euros las existentes en Las Caletas.