D.RIVERO
Me sigue impresionando la devoción y el fervor de la gente hacia Nuestra Señora de los Dolores". El párroco de Yaiza, Sixto Álvarez, descansa en una pequeña tarima de madera situada frente a la ermita de los Dolores, cuya primera edificación se remonta a partir de 1781. El cura, que empleó unas tres horas en venir caminando desde la iglesia de Yaiza, asegura que aunque hoy en día hay una realidad que es la mera diversión también es verdad "que todo el que viene hasta Mancha Blanca no deja de entrar a ver a la Virgen".
Fue precisamente uno de sus antecesores, el cura de Yaiza, don Andrés Lorenzo, testigo presencial de la catástrofe, el que escribió lo que contempló el 1 de septiembre de 1730. "Entre nueve y diez de la noche la tierra se abrió de pronto cerca de Timanfaya a dos leguas de Yaiza. En la primera noche una enorme montaña se elevó del seno de la tierra y de su ápice se escapaban llamas que continuaron ardiendo durante 19 días. Pocos días después se formó de nuevo un abismo y un torrente de lava se precipitó sobre Timanfaya, sobre Rodeo y sobre una parte de Mancha Blanca".
Por su parte, el párroco de Tinajo, Santiago Quintana, no duda en recordar que la solemnidad de la patrona de Lanzarote "nos llama a dar las gracias a Dios por habérnosla dado como Madre y suplicarle que no se desvirtúen nuestras raíces cristianas y que nuestra fe se fortalezca con la oración y se manifieste en la caridad".
Precisamente, el santuario de los Dolores era ayer el centro de todas las peticiones de los conejeros y visitantes. "Hemos venido a ver a la Virgen y ahora para abajo", relataba José González a un amigo que justo se disponía a entrar en la ermita tras la dura caminata. Una devoción que sigue intacta desde que en 1736 se produjera el primer milagro de la Virgen al parar la lava.