GREGORIO CABRERA
Y los marineros canarios que iban al Sahara le llamaban a mi padre Ignacio el Practicante..." Son las once y catorce minutos de la noche en Lanzarote y un apretado corrillo de personas sentadas sobre un banco de madera y cuatro sillas de plástico escucha las historias de Hamudi Iselmo, líder de la comunidad saharaui en Lanzarote y proclamado jefe de seguridad de Aminatu Haidar. Su padre, como es lógico, no se llamaba Ignacio, sino Mohamed Mbareck Fakala, el hombre por el que preguntaban los pescadores en caso de apuro médico en el puerto de La Güera, casi en la frontera con Mauritania. "Ése era mi padre", subraya Hamudi hinchado de orgullo.
Un tintineo metálico quiebra levemente el silencio nocturno en la explanada de la terminal de guaguas del aeropuerto de Lanzarote. Procede del interior del cuartucho donde reposa la activista, que ha hecho sonar su campanilla. La espigada figura de la periodista jerezana Edi Escobar salta como un resorte, dejando a medias una conversación. Se aleja con paso rápido de la mesa de trabajo, donde varias personas envían y reciben mensajes desde ordenadores portátiles que son el corazón de silicio que hace latir la causa de Haidar. A los pocos minutos abandona el habitáculo sin ventanas guiando la silla de ruedas sobre la que va Haidar, la avecilla del desierto perdida en la telaraña que han tejido para ella entre los gobiernos de Marruecos y, según lamenta, España.
Las lluvias todavía vienen en camino, cabalgando en nubes por el océano. El ángel custodio Edi detiene sus pasos, se asegura de dejar bien fijada la silla y se retira, dejando a solas a Haidar, que se convierte en esfinge solitaria bajo la quieta noche. A esas horas puede permitirse el lujo de no tener a nadie alrededor a menos de veinte metros y de respirar envuelta de oscuridades que combaten con los focos lejanos de la zona de aparcamiento y de las pistas de la terminal aérea. Dos gatos en celo se persiguen y maúllan de forma estridente. "Escúchalos otra vez", dice alguien. No es su primera batalla de amor nocturna.
"Qué poca vergüenza tienen". El actor Willy Toledo, que a la mañana siguiente tiene previsto volar hacia Madrid para regresar lo antes posible, no se traga su indignación ante las noticias del informativo sobre Haidar. La televisión, colocada sobre una mesa en un soco orientado al sur de la pérgola de la garita, se ha incorporado hace ya varios días a la infraestructura del campamento Haidar. Aguardan ahora, entre bostezos, a que arranque el programa de Buenafuente, porque van a pasar un vídeo de apoyo grabado por intelectuales y artistas. Toledo interviene en conversación telefónica grabada con antelación y retrata a Mohamed VI como el amigo torturador del Rey de España. "¡Haciendo amigos, Willy!".
Mohamed Salem Busaraya, que se quedó ciego por una bengala en la guerra, va y viene con su transistor pegado a la oreja, agarrado a su bastón. El joven Buda Ahmed, de 22 años, nacido en los campos de refugiados del Tinduf y residente en Lanzarote retira las tazas de té. Los ojos se cierran. Se extienden las alfombras y los sacos para dormir. La campanilla suena otra vez.