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GREGORIO CABRERA / ARRECIFE Un tomate ecológico en su punto de madurez, de piel matizada. Un cuadro de vivos colores, con el esqueleto de un gran pez en el centro. Un masaje o la posibilidad de organizar un sendero por un barranco. Son pequeños destellos de alegría que podemos regalarnos en la II Feria de Comercio, Ocio y Gastronomía. La felicidad, al menos a trocitos, a veces se compra.
Isolina Medina Cabrera se protege del solajero con un pañuelo oscuro que le envuelve la cabeza, pero no las ideas, que las conserva bien frescas y claras. A su edad, que no la dice, ya se ríe de todo. "La vieja es la que hace buen caldo", afirma socarrona. La mujer ha subido de Mácher a Tías para ver qué le salta a los ojos en la II Feria de Comercio, Ocio y Gastronomía, que se celebra este fin de semana en la Recova Municipal. Apoyada sobre el mostrador, contempla justamente ahora un puesto de panes y dulces, el de María González. "Todo lo que veo me parece destacado. Aquí le estoy echando la vista a los mantecados, que es lo mío. A la vista son cosa digna de ver, al gusto todavía no lo sé", proclama la mujer con sabia, rural y entrenada prudencia.
Mientras Isolina pasea su mirada por los mantecados, los condimentos para el mojo, los roscos y los higos porretos, se escucha el sonido de un bastón y un hablar pacientoso y algo rezongón, el de Benito Bermúdez Batista. El hombre viene a tiro hecho: "Écheme unos panitos, muchacha", espeta tras el caballeroso "buenos días". Pero ya no quedan de millo, de los que él venía mascando con el pensamiento. "¿Entonces, ahora voy a estar dos semanas sin pan?", se lamenta. Isolina, sin dar tregua a su riguroso análisis de la mercancía, le da una alternativa: "Amasa gofio". "Claro, gofio. Pero es que el panito me sabe al millo con que lo hace esta mujer", sigue emperretado el cristiano. Opina que, de tanto "químico", resulta que "hasta los viejos han perdido el gusto". Por eso se les hace tan de agradecer el mercadillo, que rebosaba en una mañana plácida y tibia.
No sólo de comer vive el hombre, que se alimenta también de ilusiones, así que en la Feria, que ha doblado el número de empresas participantes con respecto a la edición inicial de noviembre hasta alcanzar los cincuenta puestos, hay para que piquen todos, incluido el espíritu. Así lo ve Ignacio Romero, que ha puesto en marcha la empresa Turismo Activo Tegoyo, dedicada a organizar actividades al aire libre y que ayer repartía sus folletitos entre el personal. "Hay que conocer Lanzarote. Además, esto relaja, adquirimos conocimientos sobre la fauna, la flora, la arqueología o la etnografía locales y, de paso, tenemos salud", argumenta con apabullante exposición de motivos. Lo mismo organizan un paseo en burro que una escalada, un jornada de senderismo o una sesión de tiro con arco.
A Blas Rodríguez Machín le bulle una preocupación debajo de su cachorro. "Va bien, va bien", dice al respecto de las ventas, porque la verdad es que casi no tiene un segundo para hablar. Hasta los turistas hacen cola ante su puesto de fruta y verdura. "Pero lo que pasa es que todo esto debería estar a la sombra", lamenta. "Tendríamos que estar a la sombrita y la ropa y los zapatitos a sol, que no les pasa nada", agrega María Martín Ramón mientras embolsa unos tomates primorosos.
"Llegó un momento, que de tanto comer carne en adobo, acabé adobado", se escucha decir en el bar. Memorias del buen vivir.
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