GREGORIO CABRERA
En sus tiempos de luchador llegó a tumbar a sus rivales hasta de siete en siete y de ocho en ocho. Ayer, la muerte le hizo la última y definitiva maña, aquella de la que nadie se levanta, a Heraclio Niz Mesa, el Pollo de Arrecife, fallecido en su domicilio de la calle Canalejas de Arrecife. Pero, al igual que se quedaban sus huellas sobre los terreros cuando era despedido entre vítores, su vida ha dejado un profundo rastro en la memoria insular. La historia chica de Lanzarote, esa que transcurre pegada al día a día de las gentes, no se entiende sin la figura de este hombre que será enterrado hoy a las cinco de la tarde en el cementerio de Haría.
Heraclio entró al mundo el 7 de julio de 1929 por el pueblo de Máguez (Haría) al norte de Lanzarote, un lugar que históricamente evoca dos palabras: papas y luchadores. De cuna podría venirle por tanto su maña en el deporte vernáculo. De allí era natural su madre. Sin embargo, su infancia transcurrió a caballo entre los barrios del Refugio y La Isleta, en Las Palmas de Gran Canaria, al calor de los roncotes y el trasiego del Puerto, donde su padre se buscaba los cuartos como cambullonero. Su destino parecía atado a los norays del muelles, pero el especial carácter y el arrollador ímpetu vital le llevó por otros derroteros.
El joven Heraclio era un portento físico con evidentes virtudes para la práctica de casi cualquier especialidad deportiva. Se adentró en el fútbol en el club Torrelavega de Arrecife. Pero no tardó en cambiar la tierra de los campos de fútbol por la arena de la lucha canaria. Y aquí comenzó a escribirse la leyenda. En el año 1949 logró su primera barrida al tumbar a siete rivales, que serían hasta ocho cuatro años más tarde. Sus desafíos con El Palmero centraron la atención de los aficionados de la época. Todos hablaban de su famosa revoleada, consistente en marear al contrincante hasta hacerle caer.
A partir de 1958, el Pollo de Arrecife decidió dedicarse de lleno a la lucha canaria, donde siguió cosechando éxitos hasta que, años más tarde, consiguió una plaza como policía local en la capital lanzaroteña. Su brillo personal comenzó a abrirle entonces otras puertas, porque no fue desde luego un agente gris. Se convirtió en un personaje al que todos querían conocer, sobre todo los famosos que empezaron a llegar a Lanzarote a partir de los años setenta (esto le valió la Medalla al Mérito Turístico y la Cruz de Caballero de la Orden Cisneros). Hasta que el cine se fijó en Canarias, en la Isla y, por supuesto, en él. Participó en una veintena de películas. Destaca por encima de todas ellas Hace un millón de años, con una exuberante Raquel Welch perseguida por los dinosaurios. En Gran Canaria compartió rodaje con Silvana Pampanini y Marcello Mastroianni en Tirma, producción de 1954.
Ayer, con el fallecimiento de Niz, un temblor recorrió el jable de los terreros canarios.