GREGORIO CABRERA
Hoy eres Alejandro Sanz. Te honras en ser una persona sencilla y cercana, y de hecho eso dice de ti la gente que te rodea y que trabaja contigo codo con codo. Pero has vendido casi veintidós millones de discos, en las vitrinas de tu casa brillan diecisiete Grammys, apareces en las revistas del corazón y cuando el público te ve y oye tu nombre comienza a tararear instintivamente algunos de tus éxitos. No, no puedes ir al supermercado a comprar naranjas como si nada. Pese a tu sencillez, resulta imposible evitar que una gran parafernalia se mueva a tu alrededor, milimetrándolo todo. Y cuando actúas se mueven decenas de camiones con el material necesario para que fabriques en el escenario un pequeño sueño de dos horas y media. Pero no siempre fue así, aunque es probable que de eso se haya olvidado mucha gente, no tú, desde luego.
Pasan de las diez y cuarto de la noche. Está acostumbrado a los flashes, que se disparan por cientos cuando entra en la sala del Arrecife Gran Hotel para una rueda de prensa nocturna. El hombre ya cuarentón que conserva su sonrisa y su mirada infantiles en una cámara de tiempo ha recorrido un largo camino, desembocado ahora en una Gira Paraíso que ha congregado a cerca de medio millón de personas en su vuelo por América. El edén parecía lejano cuando este artista de recorrido internacional crecía en el Madrid de los años setenta.
El alcalde de Arrecife, Cándido Reguera, quiere regalarle un timple. "Han dado el visto bueno", comunican del servicio municipal de prensa. Nada se improvisa a su alrededor, pero él no pierde el buen humor ni las buenas maneras. Son casi las once, está recién llegado y sigue respondiendo a preguntas. Y no olvida el pasado, antes de las noches de terciopelo y las botellas de champán en la habitación del hotel: "Esto es un camino duro. Hay que soñar fuerte". "Al principio siempre había alguien que se enfadaba en los conciertos y tiraba cosas... Contundentes", rememora. Ahora le aplauden incluso tras las ruedas de prensa.