Hacer vino es una cuestión de orgullo y afición. Por eso cuando se llega a la bodeguita personal de Daniel Pérez en Mozaga hay una placa de cerámica con su nombre a la entrada. Del techo cuelga una aulaga que sirve de mosquero. "Esto no da para el trabajo que lleva, pero uno lo hace porque es lo que le gusta. Se trata de eso. Cuando se hacen los vinos vamos presumiendo con los vecinos a ver el de quién está mejor", comenta. "Antes se pasaba más de todo", agrega sobre los cambios introducidos en los últimos tiempos para afinar las producciones. Más allá de los avances que llegan, todos están de acuerdo en que lo más importante de estas bodegas, muchas de ellas en un cuarto trasero, en un antiguo garaje o al lado de un corral, estriba en lo que gira alrededor de ellas: el cuidado de las fincas, el paisaje, el encuentro de familiares y amigos... En definitiva, lo que la vida viene siendo. i G. C. Reyes