ALBERTO CASTELLANO
La llegada de Juan Francisco Suárez a la Policía de Las Palmas de Gran Canaria se entrelaza en el tiempo con las reivindicaciones sociales a pie de barricada de los estudiantes franceses en el mayo de 1968. Cuando relata su historia la comienza ese año y ese mes. "Por aquel entonces tuve en el Paseo de Cayetano de Lugo un problema con unos taxistas que me querían hacer pagar una carrera sin haberme subido al vehículo". Tras enfrentarse a "piñazos" con seis de ellos, "a los dos días pasaron unos policías por mi casa para notificarme el castigo. Me dijeron que me incorporara al cuerpo".
Fue ahí, explica, cuando su vida dio un giro. Estuvo durante un año 'contratado' como policía en prácticas en el cuerpo, pero al no tener estudios, y pese a haberse convertido en el número uno de su promoción, no pudo acceder. Decidió entonces invertir su tiempo en los libros y llegar así a obtener una diplomatura. Y "volví" a quedar el primero, aclara, para entrar en la Policía de la capital grancanaria.
Este agente, que ha pasado por todos los escalafones del cuerpo hasta llegar a jefe del distrito de Vegueta, recuerda que en sus principios las cosas eran muy diferentes a ahora. "Conocíamos a todos los chorizos y los llevábamos de los descapotables a la cárcel. Aunque si nos lo pedían", explica, "pasábamos antes por sus casas para que recogieran sus enseres".
Entre los cambios que ha experimentado desde aquellos años 70 de la pasada centuria a la actualidad, apunta que los cacos han cambiado su modus operandi. "Antes la ciudad de Las Palmas era mucho más turística y lo que había eran sobre todo robos de carteras y tirones de bolsos", pero ahora "todo está mucho más sofisticado. Están más preparados".
Ahora, dos años después de haberse prejubilado -ayudado por un pellizco recibido por parte de la ONCE- quiere regresar. "Quiero hablarlo con el alcalde, porque estoy dispuesto a volver hasta sin cobrar".