DELIA JIMÉNEZ
Los ojos de Sarito volvieron a brillar ayer como cuando hace más de tres décadas recalaban en la capital los primeros espectáculos circenses. Acudió al Gran Circo Mundial, ubicado en las inmediaciones, acompañada de una de sus hijas y de un nieto. Quería volver a vibrar con los triples saltos mortales de los intrépidos trapecistas, a llenarse los pulmones con el olor a roscas y a asustarse con las toneladas de peso de los elefantes.
En el recuerdo de Sarito flotaban aquellos maravillosos años en los que ella y su marido acudían a ver el circo con sus siete hijos. No puede evitar la risa cuando rememora la destreza de su esposo para llevar a su abundante prole y conseguir abonar sólo la entrada de tres de los chiquillos. El resto burlaba a los porteros del circo como por arte de magia.
Estebana Martín tiene 60 años y mantiene toda su ilusión intacta. De pequeña pasó muchos desconsuelos. Uno de ellos ver como algunos de sus amigos iban al circo y ella no podía. "Era una época en la que apenas había para comer y mis padres no tenían dinero para llevarnos al circo. Pero ahora me he apuntado con mis nietos y estoy loca por ver los animales", relata Estebana Martín. Está convencida de que va a soltar un grito cuando vea a los leones blancos. Dice que si en realidad tienen los mismos colmillos que en las fotografías de promoción son "unos bichos imponentes".
Cristina Marrero está acostumbrada a visitar el Gran Circo Mundial en cada una de sus escalas en Canarias en los últimos cinco años. Tiene dos niños y el circo es para ellos una visita obligada. Para Cristina también supone un espectáculo de su agrado y asegura: "No me aburro para nada". Y es que cada año hay una innovación del espectáculo. José L. Guerra es joven, pero nunca ha estado en un circo. Acude por primera vez acompañando al sobrino de su mujer. Está decidido a hacer renacer el niño que todos llevamos dentro. Y de eso, los artistas del circo saben mucho.