G. GARCÍA-ALCALDE
El fenómeno lúdico-urbano del Carnaval de Las Palmas sería tal vez otra cosa si Manolo García no lo hubiese tomado a su cargo para proyectarlo al cielo de los grandes movimientos de masas que todas las sociedades se ofrecen como válvula feliz de descompresión. Empezó a hacerlo en tiempos menos libres, cuando el eufemismo de las "fiestas de invierno" seguía reprimiendo a duras penas el reflejo inmemorial de una tradición nacida con las primeras células de organización ciudadana. Manolo tenía a gala describirse como hombre del pueblo y enumeraba con humor los estadíos sucesivos de su vida: monaguillo, cambullonero, empresario de instalaciones eléctricas, presidente del Carnaval y de las Fiestas de la Naval, cónsul de Guinea Ecuatorial, etc. Un repertorio en el que siempre fueron de la mano los logros de su talento personal y la lealtad a los orígenes.
El Carnaval, casi ignorado al principio por las instancias públicas, se convirtió rápidamente en instrumento de imagen y granero de votos. Llegaron entonces las diferencias de concepto y los empujones por los primeros planos. Manolo no se dejaba engañar con nombramientos honoríficos -aunque los tuvo a muy justo título- y ejerció con sacrificios y cíclicos disgustos la exigencia de preservar la fiesta y hacerla crecer. Hasta en la última de las que conoció pudo verificar la continuidad del estilo de las primeras, ese estilo espontáneo, explosivo y un tanto caótico que traduce el espíritu jocundo del acontecimiento mucho mejor que el gran espectáculo y las coreografías importadas.
Retirado de la primera línea por propia voluntad y por indispensables cuidados de salud, Manolo García Sánchez siguió siendo persona y personaje indivisible de alma y la vida de su ciudad natal. Sus amigos nunca dejamos escapar la ocasión de una buena charla, siempre animada por su relato inagotable, su divertida socarronería "isletera", como él la definía, y un ingenio vivo que encontraba la verdad de las cosas en el envés de lo aparente. Fue un conversador nato, chispeante contertulio curtido en la calle y en los famosos "jueves culturales" con sus muchos amigos burgueses.
Se sentía a sus anchas en la cultura de la experiencia y en la ironía de un escepticismo sano que no hería. Solidario y noble, su preocupación por los problemas del entorno humano hizo mucho bien con absoluta discreción, al tiempo que sacaba adelante a sus hijos, de los que siempre habló con orgullo. Chicha, su esposa entrañable, y los cinco descendientes de ambos, comenzaron dolorosamente el día de ayer con Manolo ausente, inesperadamente fallecido en silencio y sin decir adiós. Pero somos muchos los que compartimos su sentimiento de pérdida, sabedores del vacío que dejan los hombres notables que hacen ciudad y enriquecen la convivencia.
Descansa, Manolo. Tu admirable brega sigue dando fruto.