JOSÉ FEBLES FELIPE
Tuve la suerte de conocer a Manolo García hace tres décadas, en plena transición, y desde ese momento surgió una amistad entrañable con un solo argumento en nuestros habituales encuentros: el carnaval. Apenas hace dos días hablamos por teléfono y habíamos acordado celebrar un almuerzo en un restaurante de Las Canteras. Por supuesto, el tema de fondo iba a ser el carnaval, su gran pasión y la mía, pero el de antes, no el de ahora. El de la nostalgia. El que él sacó a la calle en febrero de 1976, en dura lucha con el sistema represivo franquista. No estaba conforme con lo que se estaba haciendo, porque "ya no era el carnaval del pueblo". Hablaba de que había que llevarlo a los barrios, popularizarlo, que llegara a todos los rincones para mayor disfrute de los ciudadanos.
Luchador nato, trabajador incansable, de gran carisma y sabiduría, irónico, y todo, como él decía, gracias a "mi formación de la universidad de la calle", lo dio todo por el carnaval, horas y horas de dedicación, al mismo tiempo que compartía su labor profesional con su empresa, de la que dependían un centenar de trabajadores. Fue una dura lucha, que al final no se vio recompensada por la clase política, de la que se quejaba amargamente, desde el mismo momento en que el Patronato del Carnaval pasó a manos del Ayuntamiento, en 1983.
El programa de actos creado en 1976 sigue conservando, salvo retoques, su misma estructura, elaborado con visión de futuro.
Monaguillo, sacristán, cambullonero, electricista, empresario, etc, siempre recordaremos a Manolo García como un personaje insustituible, único.
Con su pérdida, el carnaval grancanario ha quedado huérfano.