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MIGUEL F. AYALA Hoy vamos a reírnos con Manolo García.
El fundador del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria murió hace sólo unos días y se ha escrito mucho y con mucho cariño sobre su persona, pero lo cierto es que ha faltado retratar al Manolo divertido, al "coñón" que le gustaba decir a él; al tipo que sin ningún pudor llamaba a Pepa Luzardo 'la pepona' ante las carcajadas de la entonces concejala de Cultura o el que metía la cabeza bajo el agua en el jacuzzi del spa del hotel Santa Catalina cuando aparecía "algún coñazo de tío".
"Chacho", recordaba entre carcajadas en una ocasión, "y un día uno de estos pesados se quedó hablando con otro delante del jacuzzi y casi me ahogo allí debajo... Salí como una boga", añadía hinchando los mofletes.
"¿Doctor, usted ha comido alguna vez marisco, pero invitado, que es como de verdad da gusto comer marisco?". Esa podía ser una de las frases con que Manolo te despertaba una mañana a través del móvil para mantener una conversación de 15 ó 20 minutos, así, sin anestesia y sin desayunar, porque con García Sánchez todo era a lo bestia. Una comida era una comilona y en una llamada de teléfono daba tiempo de poner una lavadora y fregar los platos de todo el fin de semana.
Aquella amante de los perros estoy seguro que todavía hoy se acuerda de ese señor con chaqueta y bufanda que la dejó frita con seis palabras.
Cuando hablaba de Teodoro Obiang y su estancia en Guinea Ecuatorial, país del que García fue cónsul honorario en los años ochenta, era también memorable. Contaba, por ejemplo, que una noche en Malabo entró a un restaurante "casi sin luz" porque era una época en que el país sufría un absoluto desabastecimiento "y venga a esperar y a esperar y allí no aparecía nadie. Entonces, al rato, llega el camarero y yo, caliente, le dije 'coño, ¿qué desastre es éste...? Parece esto una merienda de negros...".
En un rincón del inmenso local, fundidos con la oscuridad le observaban en silencio parte de los ministros de Obiang que, evidentemente, informaron al dictador, quien llamó a capítulo a Manolo pero para partirse de risa ante su ocurrencia. Por cierto, no tenía tampoco precio escuchar a García contar cómo iba en el avión cargado de los pejines que le encargaba Obiang. "Con un calor de muerte, sudando y apestado a pescado seco todo el avión", recordaba.
Siempre divertido, ayer un compañero fotógrafo que le conocía bien contaba otra anécdota que refleja el lado más infantil del Manolo adulto, del chiquillo de La Isleta que siempre tuvo dentro. Un día en Madrid les sorprendió una nevada espectacular y Manuel García, que no había visto nunca nevar, salió a la calle y como un niño chico se plantó en medio de la carretera con los brazos abiertos mientras gritaba "esto es la gloria". De milagro no se murió de una pulmonía.
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