ANTONIO G. GONZÁLEZ - LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
- ¿Qué es lo que observa la Iglesia Católica, y que destacaría usted en concreto, en relación con el padecimiento de la crisis económica por parte de los ciudadanos en Canarias?
- La crisis tiene, desde el punto de vista de lo vivido, dos parámetros o referencias. Por una parte, la crisis como aviso de que algo no funciona, es como cuando aparece fiebre, que es un síntoma de que algo no funciona, y hay que buscar qué es. Y la otra cara es que la gente sufre, justo porque las cosas no funcionan. Por una parte, hay que poner una luz en lo que está pasando y, por la otra, hay que poner un pan en las manos de los que lo están pasando mal. Yo diría que la Iglesia ha tratado de hacer las dos cosas. Ha tratado de buscar, junto a otras personas e instituciones, los panes necesarios para compensar las dificultades de las personas que lo están pasando mal, y muy mal. Tengamos en cuenta que los datos cantan: Canarias está en cabeza del paro, con un veintiséis por ciento cuando la media española está en el dieciocho. Y ha tratado de poner luz. ¿Qué es lo que no funciona? Pues, mire, cuando en los mecanismos económicos, sociales y políticos se busca el beneficio como objetivo último, todo se hunde. Y en esto no somos responsables solamente las autoridades sino que somos responsables todos. Porque, por desgracia, todos hemos fijado el beneficio como objetivo último. En esta crisis se ha puesto de manifiesto que todos estábamos haciéndolo rematadamente mal.
- De modo que usted se alinea con quienes, más allá de la materialidad de la crisis, lo que ven es una crisis de valores, que se vincula con la cultura del dinero y del hiperconsumo.
- La crisis es del valor de la persona humana y de lo que ésta busca para configurarse como tal. El ciudadano medio, digamos, se ha endeudado más allá de sus posibilidades. Bien es verdad que también porque las entidades de crédito le metían por los ojos facilidades, o lo que parecían facilidades, por todos lados. Pero es que esas entidades han hecho lo mismo precisamente para poder atender a los créditos que estaban dando, otorgando muchos más de lo que podían por los fondos que tenían. En las entidades locales esto producía un desfase [de nivel] tres, digamos, pero es que éstas se alimentaban de los créditos que pedían a la entidad del nivel cinco. Claro, así llegamos a los grandes financieros, tipo Madoff. Al final estaba todo sujetado sobre postes falsos. Si los bancos y cajas no están en condiciones de prestar dinero, las pequeñas y medianas empresas, que son la base, no resisten. Y entonces empiezan los despidos y, con ellos, el paro. ¿Qué hay en el fondo? La codicia de todos.
- Sea como fuere, ¿qué cabe aportar desde la famosa doctrina social de la Iglesia?
- El Papa acaba de editar una encíclica, Cáritas in veritate, en la que pone en primer plano en qué consisten la caridad y el amor. El problema del término 'amor', quizás la palabra más usada hoy, es que está excesivamente vinculada a lo emocional. Y lo que el Papa hace es subrayar que el amor tiene una verdad, que no está definida por lo emocional. Entonces, ¿cuál es esa verdad del amor? Que el amor consiste en la entrega de la vida, no en la mera atracción sentimental.
- Bueno, eso ya es un dicho español: "Hechos son amores y lo demás buenas razones".
- Ni más ni menos. Y luego está la idea de la caridad en la verdad. Muchas veces cuando la Iglesia habla de caridad lo entendemos como una limosna.
- Es que es lo que ha sido históricamente un lavado de cara, dar las sobras, indigno.
- Pero es que no es ésa la manera de concebirla, ni de realizarla. La primera exigencia de la caridad, dice el Papa, es la instalación de la justicia, el trabajo por la paz, el bien común y la dignidad de la persona humana. Se trata así de una caridad activa, que no es sólo actuar de forma compensadora de los efectos de la injusticia sino trabajar por la verdad que hay en la caridad.
- En eso consiste tener piedad, expresión cara a los católicos. La pietas romana es sentirse conmovido por el dolor ajeno y movido a actuar ante el sufrimiento. Eso es también lo que se llama la solidaridad.
- La caridad está emparentada más bien con algo que va más allá de la solidaridad, y que es la fraternidad. El Papa insiste mucho en la fraternidad. ¿Cuál es la diferencia? La solidaridad es algo que tengo que hacer, que depende de una opción, mientras que la fraternidad es un dato que tengo que descubrir: yo soy hermano de mis hermanos aunque no lo quiera. Lo asumo o no lo asumo, pero es un hecho que no depende de mí. Lo normal es que lo asuma y, en todo caso, el hecho de ser un dato presiona en dirección a que lo haga. En cambio solidarizarme con alguien cuando tiene un problema sólo surge de la voluntad. Solidaridad es dar lo que tengo en un momento dado, fraternidad es buscar incluso lo que no tengo para darlo si eso es necesario. Aunque hablemos también de solidaridad, en el fondo la tesis cristiana es la de la fraternidad. La dignidad trascendente del ser humano radica justamente en el hecho de que, para los cristianos, todos somos hijos de Dios y, como hijos, hermanos.
- ¿Y la fraternidad tiene concreciones políticas, indicaciones para la vida pública? Porque claro, esa radicalidad del amor fraterno se puede quedar ahí, una cuestión
conceptual que cada cual luego interpreta.
- Claro, claro que las tiene. Es lo que hace el Santo Padre en su última Encíclica, repasando una gran cantidad de temas y aplicando a ellos estos conceptos. Las soluciones técnicas son diversas, y no es la Iglesia la que tiene que buscar y aplicar las más idóneas, pero sí quiere ayudar con la iluminación de los problemas.
- Dígame, ¿forma parte de la fraternidad decir: "Oiga, despidos basura, no, o al menos no con este nivel de prestaciones y de cualificación", o "desahuciar a las rentas bajas, ni hablar"?
- Vamos a ver, por ejemplo, la intervención de los Estados en la crisis económica ha sido una novedad, porque desde la perspectiva del liberalismo más rampante no era lo deseable. Y, sin embargo, ha sido aceptada. Y ha estado motivada porque si los Estados no ponían dinero las entidades financieras no podían sanear sus deudas y el sistema quebraría. El problema es que éstas se están saneando con mucho dinero público que se ha puesto y, en consecuencia, deberían haber contribuido a solucionar esos mismos problemas en el nivel inferior, en el de los ciudadanos. Y no lo están haciendo en la proporción debida. De los dos factores que contribuyen a la creación de riqueza, el capital y el trabajo, el primero ha sido tratado con mimo, y el factor trabajo no. En el sistema capitalista el capital necesita mimos porque, si no, se retira; sin embargo el trabajo, el trabajador, tiene que aguantar. El problema es que la economía real se ha quedado colgada de la economía financiera. Y, claro, ahora la clave de todo es volver a crear empleo. Dice el Papa: "La divinidad de la persona humana y las exigencias de la justicia, sobre todo hoy, requieren que se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos". El Plan E del Gobierno está muy bien, es muy bienvenido, pero ese empleo durará lo que duren las ayudas. Entonces, del mismo modo que se ha aceptado de nuevo la intervención del Estado en el mercado, quizás cabría pensar -no digo que sea mi criterio- que se puede aceptar como medida provisional un sistema distinto del mercado laboral para poder salir al paso, igual que ha salido el plan E, que todos sabemos que es una solución en precario. El problema añadido es que en España se ha roto el diálogo social.
- Y de qué manera.
- Se ha roto el diálogo social en el país que en Europa encabeza el paro y la falta de cualificación. Y ante tales factores de riesgo, digamos, hacen falta medidas excepcionales. Los agentes sociales no pueden jugar a la ruptura del diálogo, deben necesariamente entenderse. Insisto, la formación y el empleo son la clave. Es que, además, no tener empleo es degradante para las personas, va más allá de poder comer. Hay que crearlo.
- El paro, la carestía y las desigualdades crecientes en el capitalismo global erosionan también a la familia. Es más, todo lo que la Iglesia ha visto con horror -del amor libre hasta la clonación- como ataque a la familia no la disuelven como ha hecho el sistema de mercado.
- Bueno, a la familia la erosionan las condiciones adversas, negativas, pero también las positivas en exceso. Por ejemplo, en Canarias, igual que estamos a la cabeza del paro, lo estamos en divorcios y nulidades [matrimoniales]. Gran Canaria ha pasado de ser una sociedad agrícola, con sueldos bajos, a una economía turística bruscamente, con lo que el chico de veinte años que antes iba a los tomateros y ahora trabaja en un hotel ha pasado a tener un sueldo más alto y seguro. Y esto ha cambiado los parámetros éticos de las personas, y en muchos casos ha supuesto un deterioro moral. No es que yo esté en contra del desarrollo, en absoluto, sólo analizo un fenómeno social. Y eso ha influido más en el deterioro de la familia canaria que el hecho de que hayan llegado los europeos y nórdicos a las Islas. Claro, cuando, progresando en esa línea, el sistema económico ha hecho crack, pues ha incidido en una familia ya deteriorada. Es un hecho que la familia no deteriorada soporta mucho mejor la crisis.
- Divorcio, aborto o embarazos adolescentes son cada vez más fenómenos de las rentas más bajas y con menos cultura. En todo el mundo, además.
- Bueno, el sociólogo Josué de Castro decía hace ya más de cincuenta años que el lecho de la miseria es fecundo. Y es cierto. Pero esto requeriría análisis más amplios, con muchos aspectos diversos. El aborto y los divorcios no se producen sólo en las personas con rentas más bajas.
- Por último, la Iglesia tiene dos hitos sociales en Canarias realmente excepcionales: Radio Ecca y Cáritas. ¿Por qué el Gobierno canario maltrata a Cáritas?
- Yo no usaría tan radicalmente el verbo maltratar. La crisis ha afectado a los ingresos de las Administraciones públicas. Cáritas trabaja con unos ingresos medios que superan los tres millones de euros. De ésos, algo más de uno son recursos propios -bandejas parroquiales, donativos- y el resto son financiación pública. En la actualidad los ingresos que le llegan por los donantes particulares, tanto cristianos como no, se han multiplicado por tres en algunos meses, mientras que las ayudas públicas están dependiendo de los ingresos que se reciban. En principio, lo que me traslada Paqui Bonny, directora Diocesana de Cáritas, es que tiene abierto el diálogo con las instituciones para que no haya problemas en este campo, y si una institución en un caso concreto no está en condiciones de mantener su subvención, se consiga por otra.