MIGUEL F. AYALA
12:00hSi Carmen Salazar fuera consciente de su situación se preguntaría seguro por qué la vida se les ha puesto tan cuesta arriba a ella, a su marido y sus dos hijos -uno de ellos con graves problemas psíquicos- y, sobre todo, por qué el Gobierno de Canarias retrasa el pago de su ayuda económica como gran dependiente, pese a que desde 2007 la tiene aceptada tras determinar los técnicos autonómicos que el grado de dependencia de esta enferma de Huntington, de 72 años de edad, es el más alto posible. Afortunada o desafortunadamente, Carmen esta mañana, una más en sus últimos 10 años, no se entera de casi nada, encerrada, con una mente de bebé, en el cuerpo de una septuagenaria que precisa ayuda incluso para ir al baño y se pasa gritando sin razón buena parte del día. Su esposo, Julián García Collado, de 70 años y hasta hace unos meses el motor de la familia, no puede soportar esta situación más: tras una operación de rodilla que le limita la actividad y con la valentía digna del militar jubilado, abre su casa para "denunciar la situación de una familia que no puede más", dice seseando porque no tiene puesta la dentadura.
13:16h"El dinero no nos llega ni para comprarme una nueva", se excusa educadamente después, como si fuese ese detalle el que más sorprendiera del salón de una casa, en la avenida de Escaleritas de la capital grancanaria, donde Carmen, en camisón, gimiendo y moviendo brazos y piernas de arriba abajo, con pañales puestos, necesita a dos personas que la sujeten y la mantengan sentada en un viejo sofá.
14:21hMientras Eduardo y Julián, los hijos del matrimonio, de 36 y 32 años, trasladan como pueden a su madre hasta la cocina, García Collado confiesa que ya no puede más. "Las deudas nos tienen hundidos. Cuando mi mujer comenzó a tener problemas serios de salud pusimos a una chica que nos ayudará y utilicé tarjetas de crédito", dice antes de reconocer que "aquello fue un error del que aún hoy pago las consecuencias a los bancos". Desde la cocina, los chillidos y gemidos de Carmen provocan que todos nos traslademos allí. Su hijo, con una discapacidad del 69,9%, da cucharadas de yogur a su enferma madre. "No me diga que esto no lo debería hacer un profesional", se queja el abogado de la familia, Luis Martín Abgad, dentro de una cocina desconchabada. "Tuve que cambiar la cocina de gas por una eléctrica porque ya ve usted...", dice Julián.
16:25hEl cabeza de la familia, con una cicatriz en la rodilla del tamaño de un palmo, admite que "siempre" ha sido "un hombre de derechas" pero no puede perdonarle "jamás" a las autoridades del Gobierno de Canarias "lo que están haciendo con nosotros, porque no hay derecho que nos retrasen un dinero que es nuestro". Tanto le molesta, que ha denunciado al Ejecutivo regional, como otras tantas familias de grandes dependientes, por su retraso en el reparto del dinero aportado ya a las comunidades por el Gobierno de España.
17:00hHay una excitación tremenda en la vivienda cada vez que el fotógrafo dispara el flash, momento que aprovecha uno de los hijos, metido en su mundo, para acercarse a contar que "desde que acueste a mi madre me voy con el perro". Pese a su más de metro ochenta de estatura parece un niño en medio del surrealista grupo que traslada a la madre hasta el dormitorio. Como la acuestan se queda.
18:23hNo ha sido demasiado tranquila la hora y pico que ha dormido Carmen, con los hijos de la pareja de aquí a allá, hablando o mirando fijo a un punto. La guapa Carmen de las fotos que decoran el salón no tiene nada que ver con la mujer que arrastran por el pasillo sus dos vástagos, uno de ellos "con un poco de mal de Diógenes", explica su padre con pasmosa tranquilidad mientras se encoge de hombros resignado. "Nunca había visto una situación así", asegura Martín Abgad mientras los hijos del matrimonio asean a su madre, que se ha hecho encima sus necesidades. "Es que no avisa nunca", dice un hijo que parece pasar por alto un detalle: su madre no habla.
19:00hEl trasteo en la cocina continúa. Ahora, como si jugaran a las casitas, los niños- hombres-hijos de Carmen y Julián preparan una sencilla cena. Entre el trabajo como reponedor de un hijo, la pensión como militar del padre y la pequeña paga de su otro descendiente la familia cuenta con menos de 2.000 euros para vivir. "Nos gustaría poder ingresarla en un centro pero es imposible. Y contratar a alguien es muy caro ", explica mientras le da de beber con una jeringa a su esposa. "Si se la das en mucha cantidad se asfixia o se niega a tomarla", cuenta mientras sus hijos la tratan de sujetar. La imagen se repetirá luego más veces: para darle de cenar, para llevarla a la cama, para cambiarla, taparla... "Habrá quien no entienda qué hago con ella, pero es que todavía la quiero mucho", dice Julián en el único momento en que realmente se emociona.
21:25hMás tarde recupera ese tema y con sus arrugas, su cicatriz y su boca sin dientes rememora cuando vio por primera vez a la mujer que hoy es su esposa y a la que cuida sin ningún tipo de apoyo. "Desde que la vi me quise casar con ella y siempre le he sido fiel, incluso cuando enfermó. Fuimos felices, mucho; vino conmigo a África cuando era militar, me dio a mis hijos... Ahora no la puedo abandonar porque siempre estuvimos juntos", cuenta sobre la mujer que hace unos minutos acaba de empezar a gritar desde el dormitorio. Quién sabe si para tratar de decirle, a su forma, que muchas gracias, que ella también le quiere.